Paipai II
Cuando volví, al atardecer, estaba en el mismo lugar. El colchón. Sentado con los píes colgando. Debía ser su posición favorita. Sólo que ahora tenía a una chica acostada sobre sus piernas. Parecían contentos, ella le hablaba y él contestaba como podía: levantando el mentón y a veces extendíendolo en un gesto entre el desafio y la incredulidad.
Tuve tiempo de mirarlos porque el semáforo estaba descompuesto y titilaba en amarillo. Lo mismo hubiera dado si el amarillo no titilara porque la idea de intervalo no existía. No se podía cruzar. Entonces el tiempo se detuvo en la primera raya de la senda peatonal, ese espacio de asfalto reconquistado a la tiranía automotriz.
Tenían ciclos de algunos segundos: ella, que con la cabeza apoyada de costado sobre su entrepierna se movía levemente para decir algo, él hacía el gesto, ella se reía y él con una sonrisa le tomaba la nuca con la palma bien abierta la enterraba de narices en lo profundo de la inexistente bragueta.
Me empujaron con un golpe, vi la oportunidad y crucé casi sin bocinazos. Ésta vez elegí pasarle por al lado.
Tuve tiempo de mirarlos porque el semáforo estaba descompuesto y titilaba en amarillo. Lo mismo hubiera dado si el amarillo no titilara porque la idea de intervalo no existía. No se podía cruzar. Entonces el tiempo se detuvo en la primera raya de la senda peatonal, ese espacio de asfalto reconquistado a la tiranía automotriz.
Tenían ciclos de algunos segundos: ella, que con la cabeza apoyada de costado sobre su entrepierna se movía levemente para decir algo, él hacía el gesto, ella se reía y él con una sonrisa le tomaba la nuca con la palma bien abierta la enterraba de narices en lo profundo de la inexistente bragueta.
Me empujaron con un golpe, vi la oportunidad y crucé casi sin bocinazos. Ésta vez elegí pasarle por al lado.


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