Estimado compañero de oficina
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 28 de agosto de 2007
Estimado Compañero de trabajo:
Le escribo esta breve esquela para hacerle notar mi descontento con algunas prácticas que usted suele tener para conmigo.
Antes que nada, quisiera hacerle saber que me irrita su costumbre de dirigirse a mi con la fórmula “¿Qué hacés, muchacho?”. Debe saber que no me hace gracia esta forma de nombrarme que pone en evidencia por lo menos dos cosas:
1) Usted no recuerda mi nombre.
2) No le importa saludarme, al repetir las mismas palabras diariamente en la práctica usual del saludo, solo manifiesta su deseo de quitarse rápidamente de encima tanto mi presencia como cualquier tipo de requerimiento que pudiere hacerle.
En segundo término, tendría que saber que la segunda formula repetitiva que anda regalando por los pasillos “¿Cómo andás, bien?” no solo es un despropósito sino un signo de egolatría sin parangón. ¿A usted le importa saber cómo me va, realmente? Me parece que no. Y si así fuera: ¿Está dispuesto a aceptar mi contestación por la negativa? ¿Acaso se sentaría junto a mí, me cedería algunas de sus Terepin mientras le cuento mis desventuras? Por último. En mis años mozos, cuando alguien hablaba de esa manera era señalado con justicia con la reprimenda “este se la compra y se la vende”. Este juicio se aplica con justeza a su proceder.
Finalmente, entre las anteriores lineas no podrá apreciar mi descontento por lo que en este punto ya podría ser calificado de hurto de mi abrochadora marca MIT negra modelo pinza. Tenga en cuenta que en compensación por semejante falta he decidido unilateralmente retener la perforadora del mismo fabricante que descansaba sobre su escritorio meses ha.
Esperando con este mejorar nuestra relación laboral,


