29.8.07

Estimado compañero de oficina

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 28 de agosto de 2007


Estimado Compañero de trabajo:

Le escribo esta breve esquela para hacerle notar mi descontento con algunas prácticas que usted suele tener para conmigo.

Antes que nada, quisiera hacerle saber que me irrita su costumbre de dirigirse a mi con la fórmula “¿Qué hacés, muchacho?”. Debe saber que no me hace gracia esta forma de nombrarme que pone en evidencia por lo menos dos cosas:

1) Usted no recuerda mi nombre.

2) No le importa saludarme, al repetir las mismas palabras diariamente en la práctica usual del saludo, solo manifiesta su deseo de quitarse rápidamente de encima tanto mi presencia como cualquier tipo de requerimiento que pudiere hacerle.

En segundo término, tendría que saber que la segunda formula repetitiva que anda regalando por los pasillos “¿Cómo andás, bien?” no solo es un despropósito sino un signo de egolatría sin parangón. ¿A usted le importa saber cómo me va, realmente? Me parece que no. Y si así fuera: ¿Está dispuesto a aceptar mi contestación por la negativa? ¿Acaso se sentaría junto a mí, me cedería algunas de sus Terepin mientras le cuento mis desventuras? Por último. En mis años mozos, cuando alguien hablaba de esa manera era señalado con justicia con la reprimenda “este se la compra y se la vende”. Este juicio se aplica con justeza a su proceder.

Finalmente, entre las anteriores lineas no podrá apreciar mi descontento por lo que en este punto ya podría ser calificado de hurto de mi abrochadora marca MIT negra modelo pinza. Tenga en cuenta que en compensación por semejante falta he decidido unilateralmente retener la perforadora del mismo fabricante que descansaba sobre su escritorio meses ha.

Esperando con este mejorar nuestra relación laboral,


Lo saluda Atte.

X

26.8.07

Ricardo Clemente, ladrón del tiempo.

-Disculpeme que no lo comprenda del todo, señor Clemente. ¿Me dice que lo suyo no es delito?

-Si, exacto eso es lo que estoy diciendo -afirmó Clemente-

-¿Podría explicarse con un poco más de detalle? Porque parece que el resto del mundo no piensa lo mismo.

-Puedo ver que todo el mundo no piensa lo mismo, señor periodista. ¿Prefiere que le diga así o lo llamo por su nombre?

-Llámeme como desee. -concedió el entrevistador-

-Muy bien, Narisota, le comento. -el entrevistador se sonrojó detrás de su inmensa y ahora célebre nariz- Estoy aquí detenido por algo que necesito hacer para vivir, que está en mi naturaleza y de lo que no puedo renegar. ¿Los leones, por ejemplo, están detenidos por hacerle mal a las personas?

-No creo que sea este el caso. Usted es un ser humano semejante a todos nosotros. Permitame preguntarle. ¿Usted siente placer al quitarle el tiempo al resto del mundo?

-Es difícil contestarle eso. No es placer como cualquier tipo de placer, es uno cotidiano y necesario. Me imagino que debe ser algo similar al placer que siente el común de las personas cuando comen y disfrutan la comida. Así es que mi alimento es el tiempo. No crea que me gusta quitarle el tiempo a cualquiera. Hay tiempos mucho más apetitosos que otros.

-¿Y cómo es eso? -el periodista se acomodó en su pequeño banquito penitenciario, cruzando las piernas-

-Es fácil. Algunos tiempos son más deliciosos que otros. Por ejemplo, lo último que consumí antes de quedar detenido fue el tiempo de un socorrista en un incendio cerca de mi casa. Fue algo que disfruté tanto...


El entrevistador se regocijó sabiendo que ya tenía el material necesario para su informe. Con un poco de edición, algunas palabras del rescatista y algo de montaje, la nota estaría perfecta.


-Gracias señor Clemente, creo que con eso fue todo, le agradezco mucho esta entrevista.

-No, espere. Me parece que estábamos hablando.

-Si, por eso mismo le agradecí. Creo que ya tenemos el material necesario para hacer el reportaje. Vamos a hablar con las autoridades de la prisión para que le permitan ver la nota, calculamos que saldrá al aire dentro de una semana.

-Digame una cosa. ¿Estuve bien, se me vio atractivo?

-Si, muy convincente. Y si me permite...

-Espere, espere -el reo se interpuso en el camino del periodista- porque yo quiero saber si esto me va a ayudar a conseguir mi libertad. Me voy a morir de inanición aquí dentro si no consigo un poco de tiempo, algo aunque sea.

-Disculpeme caballero, pero tengo que retirarme, supongo que eso podrá hablarlo con su defensor oficial.

-Es que él ya no viene. Dice que le hago perder el tiempo. Ayer me llegó una carta en la que decía que le había hecho envejecer dos años en la última charla. ¿Me comprende?

-¡Señor déjeme salir!

-Espere, espere, quisiera preguntarle...

-¡Guardias!

19.8.07

Cómic

Nuestro amigo, Geb, leyó "Una menos", un relatito breve que pueden ver acá abajo y se le ocurrió darle vida propia.
Malísimo está orgulloso de tanto despliegue.
Pueden verlo haciendo clic aquí.

16.8.07

El hombre binario

-¿Entonces el libro es bueno o malo? –Preguntó Clemencio.

-Emm, no podría decirle. Creo que es bueno si usted es un vendedor de libros, un comerciante. Sin embargo, desde el punto de vista literario es poco menos que defectuoso.

-Necesito que me de una precisión. ¿Entonces es malo?

-Como le decía: para lo que importa a mis intereses el libro es malo. Me interesa fundamentalmente encontrar en una obra algo revelador, vanguardista, con suerte.

-Perfecto, si es malo entonces no me conviene incluirlo en el catálogo –Clemencio se relajó por un instante-

-Yo no diría eso. Usted es un comerciante, estará contento al ver que sus ventas se multiplican –arriesgó Helvecio-

-No me vuelva loco, se lo pido por favor –las gotas de sudor volvieron a asomar en la frente del librero- necesito que me ayude, que sea específico.

-¿Le parece que no estoy siendo específico? Yo creo que lo estaba siendo en el mayor grado posible que permite esta charla superficial. ¿No le parece? Si lo prefiere y tiene un poco de tiempo para esperar, puedo redactar una crítica para usted.

-No, no, no. ¿Pero qué me dice? ¿Qué es eso de “grado posible”?

-Claro –Helvecio se quitó los lentes y apoyó el codo sobre el mostrador- No puedo extenderme en una conversación casual, como esta. Y no es que no la disfrute, por favor. Disfruto mucho de su conversación. Lo que trato de decirle es que todo tiene su justa medida, no podemos hablar en términos de blancos y negros, buenos o malos. Entre esas polaridades existen infinitos matices…

Sin dejar a Helvecio terminar su frase, Clemencio corrió hasta la ventana y se arrojó por la ventana al vacío.

6.8.07

Una menos

El arte no llega a todas las personas de la misma manera.

Hay quienes son educados desde su infancia y naturalmente saben apreciarlo. Otros por el simple afán de emulación, ya sea a sus padres o a algún personaje admirado, aprenden a hacerlo.

A algunas personas las puede conmover el estribillo de una canción.

Ahí viene una, montada en su estribillo maravilloso, a toda velocidad.

Suena el teléfono.

-¿Hola?

La distracción siempre está al acecho. Qué hubiera sido de ella si hubiera escuchado esa maravillosa melodía.