17.1.06

"La cristalizadora" Capítulo 5

-¿Qué le pasa señorita, necesita ayuda?

Raquelita permanecía sedada en la vereda aún después de ser expulsada de la pensión por la dueña. Era una mujer de pocas pulgas a la que no le caía bien Raquel y, como si fuera poco, creía que lo de las manos atadas era una mímica para estar en la habitación sin pagar el alquiler, los cinco meses adeudados.

Llamó a su marido y con un poco de destreza pudieron sacar el peso muerto. A un policía le resultó más que sospechosa la escena de una mujer atada en la vereda. Pero con las cosas que se ven en la calle...

-Oiga, señorita. ¿Me escucha? ¿Está detenida señorita?

-¿Eh, qué? ¿Cómo? –y Raquel se quedó dura, detenida-

-Le digo que si necesita ayuda.

-¿Ayuda de qué? ¿Dónde estoy? –ya fuera del sopor, pero solo moviendo los labios, respondía-.

Mientras tanto, Duilio se acercaba casi corriendo, para explicarle al policía antes que se la llevara. Su mayor temor era tener que llevar a Raquel al neuropsiquiatrico. Pudo sacarla una vez gracias a un médico un poco excedido en indulgencia, pero no creía poder lograrlo de nuevo.

-¡Agente, agente!

-Sargento señor, Sargento Ramírez, para servirle. ¿Usted conoce a la señorita?

-Si, si. Es mi... es mi hermana. Nosotros vivimos en esta pensión, pero nos estamos por mudar a otro lado. Se ve que tenía que dejar el cuarto para que lo limpien.

-¿Me puede explicar por qué la señorita está atada? –El sargento no parecía muy interesado en otra que no sea picar a Raquelita, que ya se iba despertando, con su bastón, como si fuera un animalito-

-Si sargento. No es nada grave, lo que pasa es que mi hermanita tiene problemas de sueño. Es sonámbula. Anoche tuvimos un velorio y volvimos muy tarde, pero yo me tenía que ir a laburar y no quería dejarla sola, a ver si todavía se lastima –Duilio hablaba a toda velocidad- Se tomó la pastilla ¿Vio? Por los nervios. Se le murió la vieja.

-¿Pero no me dijo que son hermanos? Muéstreme los documentos.

-Este... si. Somos hermanos. De ma...de padre. Mi viejo, je, la ponía por todos lados. Era un patriota, pensaba que debía poblar el pais. ¿Se da cuenta? Porque ahora con toda esta invasión extranjera, los valores de la familia... ¿me entiende?

Cuando todo estaba por salirse de control llegó la dueña de la pensión, de la feria, con su bolsa llena de víveres.

-¿Señora, usted conoce a estas personas, vivían acá?

-¿Pero cómo no los voy a conocer? ¡Manga de atorrantes! ¿Usté vino para hacerlos pagarme el alquiler? ¿Eh?

-No, señora, lo que yo le quería preguntar....

-¿No? ¿No vino para que me paguen el alquiler? ¿Pero para que pago la coperadora de la comisería todos los meses? ¡Uno los necesita y nunca están! Los señores a la hora de llevarse la plata pasan, pero cuando tienen que cumplir con su deber...

El policía le dijo a Duilio que salgan de la vereda inmediatamente, pero para librarse de la vieja que, sin saberlo, los sacó de un apuro a ambos. Ramírez se fue con un saludo y bajándose la gorra un poco, protegiéndose de los gritos de la vieja que se metió para adentro.

-¿Qué hacés Raquel? ¿Otra vez metiéndome en quilombos?

Fue entonces cuando ella se paró y haciendo fuerza se llevó a Duilio como cinco veinte metros, arratrandolo. Él gritaba enojado, pero sin lograr nada.

-¡¿Qué hacés?! ¡¡¿Qué hacés?!! ¡Soltame, mierda!

-¡Vos me dijiste! –Aflojando un poco- Vos me dijiste lo de los quilombos.

Habrá sigo por los nervios y por la locura de Raquel, que había olvidado momentáneamente pero que permanecía dentro de ella. Cuando le escuchaba a Duilio decir la palabra “quilombo” arrancaba para La Boca sin mediar ningún comentario.

Duilio pudo detenerla y tranquilizarla para ordenar el viaje hasta el taller de Ricardito. Solo tenían tres valijas. La radio se la había quedado la vieja en guarda por el dinero adeudado. Pero no importaba porque en el taller de Ricardito había todo aquello que pudieran necesitar. Quizás mucho más.

9.1.06

"La cristalizadora" Capítulo 4

Duilio llegó a la casa de Ricardito, como él lo llamaba, nunca se hubieran hecho amigos si no fuera por la ayuda de las copas.

-El señor está durmiendo- se escuchó en el portero eléctrico.

-Si, si. Pero tengo que verlo, a él o a doña Luisa, soy amigo de la casa.

-Un segundo por favor.

A los cinco minutos...

-Dulio, ¿sos vos?

-Duilio Ricardito, Duilio. ¿Cómo estás varón?

-Muy bien Duilito, perdoname. Ya te hago abrir.

La mucama bajó y subió con Duilio no por el ascensor por el que ella había bajado sino por el otro, el de los señores. Arriba, en la casa, Ricardito esperaba en la puerta con unos calzoncillos largos con muchos lamparones de pintura.

Ricardito era rubio, con granos en la cara. Quizás esos granos fueran los que le daban el aire juvenil que no le daban la panza, los anteojos o la incipiente calvicie.

-¡¿Cómo estás querido?!

-Muy bien Dulito, ¡amigazo! Pasá que nos tomamos algo.

Tomaron unos tragos en la habitación en la sala. Ricardito tirado en el sofá sin dejar prácticamente nada a la imaginación. Mientras tanto Duilio aspiraba mechar su pedido en la conversación.

-¿Sabés lo que pasa? Es que me vuelve loco. Me la cojo y después no me hace las cosas, mi vieja se pone como loca porque se va y vuelve tarde. Pero no la puedo joder mucho porque sino me deschava y se me arma flor de quilombo. Cuando vos llegaste no es que no te quisiera atender sino que estábamos en la cama y no quería largar a la matraca. Y menos para ponerse el uniforme y empezar a laburar. Como mi vieja está afuera por unos negocios...

-¿Pero te tenías que encamar con la mucama, no tenés otra mina?

-Si, bah, no. Es que no salgo mucho - Ricardito no salía mucho desde que se había caído dentro de una botella de whisky - entonces se me hace cuesta arriba. Pero decime, ¿qué hacés por acá?

-Estoy en el horno Ricardito y pensé que vos podrías ayudarme.

-¿Pero qué te pasa? ¿Algo con la vieja?

-No, dios me libre y me guarde. –Duilio se tocó la entrepierna- La viejita está bien, en el geriátrico. El problema que tengo es que me están rajando de la pensión. Raquel se manda cagada tras cagada y ya no tengo adónde ir.

-¿Todavía seguís con Raquel? ¡Qué buena mina, qué buen culo!, lástima que está mal del marulo.

-Che. Ojo con hablar del culo de mi mina.

-Jejeje, perdoname Dulito, sabés que te estoy jodiendo. –La cara de arrepentimiento de Ricardito daba pena-

Después del chiste fallido se hizo muy rápido el pedido y la resolución. El taller estaba vacío desde hacía meses y tenía todos los servicios; luz, gas, teléfono y cable. Doña Luisa decía que las cosas había que tenerlas bien, para poder usarlas cuando se quisiera o de lo contrario no había que tenerlas.

-Gracias, Ricardito, te debo una varón. Sos un grande. ¿Cómo te la puedo pagar?

-No, por favor... no me debés nada. ¿Me alcanzás un faso?

-Tomá, ¿seguro?

-Mmmm, -dudando...- Si, hay algo que podés hacer por mi: Hace mucho que no pinto y la verdad que quiero volver a laburar. La vieja ya me rompe mucho las pelotas. Pero el problema es que para lo que quiero hacer necesito una modelo. Las del cabarulo me cobran como si me las quisiera coger y me sale una fortuna. Encima al final, terminamos cogiendo y justo cuando estoy por acabar me piden mas guita.

-¿Pero vos estás en pedo? ¿Querés que te entregue a mi mina en bandeja? Así no quiero nada. Andá a cagar.

-¡Nooo, pará! ¿Qué te pensás, que soy un depravado? La mina de un amigo tiene barba para mí.

-Hace un rato le estabas elogiando el culo –Duilio ya empezaba a pensar cómo estaría Raquel en la pensión-

-Si, pero calmate. No va a pasar nada con ella. Hasta te podés quedar mientras pinto si querés. Pero no te hagás problema. Acá tenés las llaves, usá el departamento el tiempo que quieras y después conversamos por lo demás, ¿está bien?

-Está bien. Lo dejamos así para hablarlo en otro momento. Te agradezco mucho por esto –tintineó las llaves- y cualquier cosa ya sabés adónde estoy.

Desde la esquina de la pensión se podía ver en la vereda tres valijas apiladas y una chica con los brazos atados que intentaba argumentar con un vigilante.

6.1.06

"La cristalizadora" Capítulo 3

Duilio tomó el subterráneo para llegar hasta la casa de Ricardo, un artista plástico de cincuenta y dos años mantenido por su madre. Si bien utilizaba ese departamento como taller, desde hacía unos años permanecía la mayoría del tiempo borracho o drogado, dependiendo de cuanto dinero consiguiera ese día.

El taller de Ricardo era amplio y espacioso, serviría para que Raquel pudiera desplegar sus ocurrencias sin lastimar a nadie y llegado el caso, pintar algo.

Duilio no llegaba a concluir que Raquel estuviera loca. Quizás porque la quería mucho y no se le cruzó por la cabeza, a pesar de que se lo decía varias veces por día; pero con el tenor que los ateos exclaman “por dios”. Cuando él pensaba seriamente en el problema de Raquel, decía que era materialista, que no podía pensar algo sin tenerlo. Eso pensaba de muchas personas, solo que en Raquel se exacerbaba.

El mundo le daba pruebas empíricas a Duilio de que así eran las cosas. Como por ejemplo cuando sentado en el subte le pasaba por enfrente una pareja, ambos vestidos con ropas de tango. Pero no solo vestidos con ropa de tango, eso no sería tanto. Uno de los dos arrastraba un carrito con un parlante alimentado a batería con “Por una cabeza a todo volumen” y ella llevaba entre sus brazos una pequeña replica de cabeza de caballo.

-Raquelita no está tan mal, estos si tienen problemas.

3.1.06

"La cristalizadora" Capítulo 2

-No sé adónde podríamos ir. Lo primero sería preguntarle a gente conocida si tiene algo. Ricardo podría tener el departamento de la vieja libre, ahora que se fue afuera.

¡Pam! –la puerta-

-¡Raquel! ¿Podes entrar a la pieza? No quiero que la vieja te vea y se meta. Quedate quieta un segundo por favor. Me voy un rato a ver si lo encuentro a Ricardo y de paso compro algo para comer. Te repito que no salgas de la habitación.

-Yo no quiero salir, pero me provocan. Vos sabés que me provocan.

-¿Cómo la vez que le tiraste la mierda en la jeta a la vieja?

- Es que me dijo que me...

-No, ¿sabés qué? Dejá. Vamos a cortar por lo sano, porque vos estás mas loca que de costumbre y yo no quiero quilombos.

Duilio optó por sacar las cuerdas que usaba en los días complicados. Le dijo “Raquel, ya sabés cómo es esto, así que por favor”. Ella se dejó porque no quería hacerla complicada. No ese día, como otros.

Cuando terminó de atarla, le dejó un vaso de agua cerca al que le había agregado somnífero sin que ella lo advirtiera, para que se le hiciera leve la espera.

-Así es mucho mejor. Acá te dejo agua por si tenés sed. No tardo, así que dormite un rato.