"La cristalizadora" Capítulo 5
-¿Qué le pasa señorita, necesita ayuda?
Raquelita permanecía sedada en la vereda aún después de ser expulsada de la pensión por la dueña. Era una mujer de pocas pulgas a la que no le caía bien Raquel y, como si fuera poco, creía que lo de las manos atadas era una mímica para estar en la habitación sin pagar el alquiler, los cinco meses adeudados.
Llamó a su marido y con un poco de destreza pudieron sacar el peso muerto. A un policía le resultó más que sospechosa la escena de una mujer atada en la vereda. Pero con las cosas que se ven en la calle...
-Oiga, señorita. ¿Me escucha? ¿Está detenida señorita?
-¿Eh, qué? ¿Cómo? –y Raquel se quedó dura, detenida-
-Le digo que si necesita ayuda.
-¿Ayuda de qué? ¿Dónde estoy? –ya fuera del sopor, pero solo moviendo los labios, respondía-.
Mientras tanto, Duilio se acercaba casi corriendo, para explicarle al policía antes que se la llevara. Su mayor temor era tener que llevar a Raquel al neuropsiquiatrico. Pudo sacarla una vez gracias a un médico un poco excedido en indulgencia, pero no creía poder lograrlo de nuevo.
-¡Agente, agente!
-Sargento señor, Sargento Ramírez, para servirle. ¿Usted conoce a la señorita?
-Si, si. Es mi... es mi hermana. Nosotros vivimos en esta pensión, pero nos estamos por mudar a otro lado. Se ve que tenía que dejar el cuarto para que lo limpien.
-¿Me puede explicar por qué la señorita está atada? –El sargento no parecía muy interesado en otra que no sea picar a Raquelita, que ya se iba despertando, con su bastón, como si fuera un animalito-
-Si sargento. No es nada grave, lo que pasa es que mi hermanita tiene problemas de sueño. Es sonámbula. Anoche tuvimos un velorio y volvimos muy tarde, pero yo me tenía que ir a laburar y no quería dejarla sola, a ver si todavía se lastima –Duilio hablaba a toda velocidad- Se tomó la pastilla ¿Vio? Por los nervios. Se le murió la vieja.
-¿Pero no me dijo que son hermanos? Muéstreme los documentos.
-Este... si. Somos hermanos. De ma...de padre. Mi viejo, je, la ponía por todos lados. Era un patriota, pensaba que debía poblar el pais. ¿Se da cuenta? Porque ahora con toda esta invasión extranjera, los valores de la familia... ¿me entiende?
Cuando todo estaba por salirse de control llegó la dueña de la pensión, de la feria, con su bolsa llena de víveres.
-¿Señora, usted conoce a estas personas, vivían acá?
-¿Pero cómo no los voy a conocer? ¡Manga de atorrantes! ¿Usté vino para hacerlos pagarme el alquiler? ¿Eh?
-No, señora, lo que yo le quería preguntar....
-¿No? ¿No vino para que me paguen el alquiler? ¿Pero para que pago la coperadora de la comisería todos los meses? ¡Uno los necesita y nunca están! Los señores a la hora de llevarse la plata pasan, pero cuando tienen que cumplir con su deber...
El policía le dijo a Duilio que salgan de la vereda inmediatamente, pero para librarse de la vieja que, sin saberlo, los sacó de un apuro a ambos. Ramírez se fue con un saludo y bajándose la gorra un poco, protegiéndose de los gritos de la vieja que se metió para adentro.
-¿Qué hacés Raquel? ¿Otra vez metiéndome en quilombos?
Fue entonces cuando ella se paró y haciendo fuerza se llevó a Duilio como cinco veinte metros, arratrandolo. Él gritaba enojado, pero sin lograr nada.
-¡¿Qué hacés?! ¡¡¿Qué hacés?!! ¡Soltame, mierda!
-¡Vos me dijiste! –Aflojando un poco- Vos me dijiste lo de los quilombos.
Habrá sigo por los nervios y por la locura de Raquel, que había olvidado momentáneamente pero que permanecía dentro de ella. Cuando le escuchaba a Duilio decir la palabra “quilombo” arrancaba para La Boca sin mediar ningún comentario.
Duilio pudo detenerla y tranquilizarla para ordenar el viaje hasta el taller de Ricardito. Solo tenían tres valijas. La radio se la había quedado la vieja en guarda por el dinero adeudado. Pero no importaba porque en el taller de Ricardito había todo aquello que pudieran necesitar. Quizás mucho más.

