25.11.05

Qué maravilloso es el amor (el final, gracias a alá)

Sin embargo al segundo o tercer bocado chica entendió qué era lo que en realidad estaba pasando. Ese Manolo que por mozo estaba en el mismo local que ella ni la mirada le había dirigido. El tipo estaba ahí, muy en lo suyo.
¿Pero, y el papel? No lo sabía muy bien, pero si sabía que se había tropezado con un viejo y que ese viejo o uno muy parecido ya le había dirigido la palabra misteriosamente unos capítulos atrás. O mejor, un tiempo atrás.
Muy simple. Una historia breve y un poco traída de los pelos. ¿Qué más podría ser? ¡El mozo del petit restaurant!
Veamos: Chica asiste a comer repetidamente a un restaurant que queda cerca de Córdoba y Callao. En ese mismo restaurant trabaja un mozo triste, de los que usan moñito y bigote. El mozo, se llama Atahualpa. No nació en cuna de oro, pero casi. En una familia extremadamente culta y progresista. Recibió todos los cuidados de un niño que se preparaba para estudiar cualquiera de las profesiones liberales. Pero no, algo le pasó, algo terrible, tremendo, tremebundo, que no viene para nada al caso. Entonces fue capaz de enamorarse de una mujer aparentemente culta e independiente. (Lo de culta y lo de independiente estaba bien, pero lo de enamorarse, mmm. En un futuro y si esta historia continuara, no sería tan así). Pudo calcular que ella viajaba probablemente en subte, dado que la avenida Callao es prolífica en estaciones de ese maravilloso medio de transporte. Calculó que una Chica como ella reconocería un par de pasajes de El cantar de los cantares, por estar en la biblia y por ser muy célebre. Pero no.
Todo este párrafo pudo sospechar Chica, hasta las suposiciones que habría hecho Atahualpa sobre ella misma. Aunque concretamente se quedó en la parte del moñito.
La parte del moñito del mozo del restaurant..., el viejo canoso... ¡Qué hijo de puta! ¡Es el mozo!
- ¡Qué sorpresa! Chica es un personaje muy capaz.
Al día siguiente pasó por el restaurant de Callao y casi entra. Casi. Pero retrocedió, avanzó por la vidriera y se dejó ver por Atahualpa. Hicieron contacto visual, se encontraron en los ojos... Chica se detuvo. Atahualpa, dejando los platos que sostenía sobre la mesa más cercana, sostenía la mirada, casi petrificado, entre dos mesas. Chica, siempre desde la vereda levantó su mano hasta la altura de la cara, mostrando la palma, como saludando. Atahualpa saludó, como pudo, de la misma manera. Chica dio vuelta su mano, mostrando el lado inverso, el de las uñas. Flexionó todos los dedos, cerrando la mano. Todos menos el dedo mayor.
- Pe-lo-tu-do -silabeó Chica, y se fue-

17.11.05

Coda. (Anteúltimo, ahora si)

Soprendida Chica por el papel recibido, empezó a pensar cómo sería salir con el mozo. Un tipo al que veía todos los días, un tipo que la servía, con tres dientes menos, por lo menos en cuanto a los más visibles... el gremio de los mozos no era lo más atractivo para ella, sobre todo por ese bigotito.
El mozo de este bar de minutas era por completo diferente, todo un ejemplo de virilidad y energía erótica. Manolo no dudaba en desplazarse por toda la sala haciendo gala de su gruesa voz y de su acento ibérico a todo volumen. Ese repasador sobre su hombro, que contenía tanto las bebidas que alguna vez estuvieron derramadas sobre la mesa como su sudor de hombre.
- ¡Marche una a caballo con fritazzz!
Y no. Chica estaba espantada con el porvenir de su vida amorosa. Tanto como lo estaría un muchacho heterosexual que caminando lo más tranquilo una noche cualquiera, lo invitan a asistir a una reconocida discoteca para público un poco... más liberal. Tan así de confundida estaba. Pero segura de que no estaba preparada para la maravillosa aventura de salir con el mozo.
Sin embargo...

7.11.05

Rúben, agente secreto.

Un nuevo día comenzó. Chica se levantó y cumplió con cada uno de los rituales diarios, higiénicos y de remoloneo. Salió a la calle.
Empezó a caminar ligero porque llegaba tarde. Iba vestida con ropas livianas y veraniegas, una blusa blanca y una falda verde, con zapatos sin tacos. Hizo un alto en el kiosco y compró el diario.
De vuelta en la caminata y mirando de reojo las fotos de las primeras páginas se llevó por delante a alguien y terminó en el piso. La cartera, aunque chiquita y con lo indispensable, no aguantó la enorme presión del vuelo y al estrellarse contra el piso vomitó todo lo que contenía. El celular, un paquete de pañuelos descartables, un peine, un monedero, dos protectores diarios y una lapicera. Dos curitas, con férrea voluntad permanecieron en el interior del bolso, junto con algunos boletos usados.
El obstáculo contra el que chocó era el viejo de ayer. Tirado en el piso y con el diario de Chica encima, intentaba reponerse. Estaba como arrodillado, a diferencia de Chica, toda despatarrada sobre la vereda.
Casi instantáneamente llegó corriendo el vendedor de diarios gritando: “Flaca, flaca, ¿estás bien?” Chica se levantó pensando en lo inverosímil de colisionar de esa manera contra un viejo. El vendedor también ayudó al viejo. “Pero cómo puede ser Rúben, tenés que tener más cuidado, sobre todo a tu edad...”
Los protagonistas del choque se miraron un poco y siguieron cada uno su camino después de terminar con un paréntesis de treinta segundos en sus vidas.
Llegado el mediodía Chica se sentó a almorzar en un restaurant de minutas, diferente a su petit restaurant favorito. Abrió el diario cuando finalizó su pedido y entre las páginas encontró otro papel rosa que decía: “ Veo que el cantar no le gustó mucho, lo que pasa es que la poesía no es lo mío. Tal vez quisiera salir conmigo algún día, Fdo, el mozo”. Chica miro al mozo y pensó: a esta historia si le quedan dos entregas, es demasiadísimo.