Qué maravilloso es el amor (el final, gracias a alá)
Sin embargo al segundo o tercer bocado chica entendió qué era lo que en realidad estaba pasando. Ese Manolo que por mozo estaba en el mismo local que ella ni la mirada le había dirigido. El tipo estaba ahí, muy en lo suyo.
¿Pero, y el papel? No lo sabía muy bien, pero si sabía que se había tropezado con un viejo y que ese viejo o uno muy parecido ya le había dirigido la palabra misteriosamente unos capítulos atrás. O mejor, un tiempo atrás.
Muy simple. Una historia breve y un poco traída de los pelos. ¿Qué más podría ser? ¡El mozo del petit restaurant!
Veamos: Chica asiste a comer repetidamente a un restaurant que queda cerca de Córdoba y Callao. En ese mismo restaurant trabaja un mozo triste, de los que usan moñito y bigote. El mozo, se llama Atahualpa. No nació en cuna de oro, pero casi. En una familia extremadamente culta y progresista. Recibió todos los cuidados de un niño que se preparaba para estudiar cualquiera de las profesiones liberales. Pero no, algo le pasó, algo terrible, tremendo, tremebundo, que no viene para nada al caso. Entonces fue capaz de enamorarse de una mujer aparentemente culta e independiente. (Lo de culta y lo de independiente estaba bien, pero lo de enamorarse, mmm. En un futuro y si esta historia continuara, no sería tan así). Pudo calcular que ella viajaba probablemente en subte, dado que la avenida Callao es prolífica en estaciones de ese maravilloso medio de transporte. Calculó que una Chica como ella reconocería un par de pasajes de El cantar de los cantares, por estar en la biblia y por ser muy célebre. Pero no.
Todo este párrafo pudo sospechar Chica, hasta las suposiciones que habría hecho Atahualpa sobre ella misma. Aunque concretamente se quedó en la parte del moñito.
La parte del moñito del mozo del restaurant..., el viejo canoso... ¡Qué hijo de puta! ¡Es el mozo!
- ¡Qué sorpresa! Chica es un personaje muy capaz.
Al día siguiente pasó por el restaurant de Callao y casi entra. Casi. Pero retrocedió, avanzó por la vidriera y se dejó ver por Atahualpa. Hicieron contacto visual, se encontraron en los ojos... Chica se detuvo. Atahualpa, dejando los platos que sostenía sobre la mesa más cercana, sostenía la mirada, casi petrificado, entre dos mesas. Chica, siempre desde la vereda levantó su mano hasta la altura de la cara, mostrando la palma, como saludando. Atahualpa saludó, como pudo, de la misma manera. Chica dio vuelta su mano, mostrando el lado inverso, el de las uñas. Flexionó todos los dedos, cerrando la mano. Todos menos el dedo mayor.
- Pe-lo-tu-do -silabeó Chica, y se fue-
¿Pero, y el papel? No lo sabía muy bien, pero si sabía que se había tropezado con un viejo y que ese viejo o uno muy parecido ya le había dirigido la palabra misteriosamente unos capítulos atrás. O mejor, un tiempo atrás.
Muy simple. Una historia breve y un poco traída de los pelos. ¿Qué más podría ser? ¡El mozo del petit restaurant!
Veamos: Chica asiste a comer repetidamente a un restaurant que queda cerca de Córdoba y Callao. En ese mismo restaurant trabaja un mozo triste, de los que usan moñito y bigote. El mozo, se llama Atahualpa. No nació en cuna de oro, pero casi. En una familia extremadamente culta y progresista. Recibió todos los cuidados de un niño que se preparaba para estudiar cualquiera de las profesiones liberales. Pero no, algo le pasó, algo terrible, tremendo, tremebundo, que no viene para nada al caso. Entonces fue capaz de enamorarse de una mujer aparentemente culta e independiente. (Lo de culta y lo de independiente estaba bien, pero lo de enamorarse, mmm. En un futuro y si esta historia continuara, no sería tan así). Pudo calcular que ella viajaba probablemente en subte, dado que la avenida Callao es prolífica en estaciones de ese maravilloso medio de transporte. Calculó que una Chica como ella reconocería un par de pasajes de El cantar de los cantares, por estar en la biblia y por ser muy célebre. Pero no.
Todo este párrafo pudo sospechar Chica, hasta las suposiciones que habría hecho Atahualpa sobre ella misma. Aunque concretamente se quedó en la parte del moñito.
La parte del moñito del mozo del restaurant..., el viejo canoso... ¡Qué hijo de puta! ¡Es el mozo!
- ¡Qué sorpresa! Chica es un personaje muy capaz.
Al día siguiente pasó por el restaurant de Callao y casi entra. Casi. Pero retrocedió, avanzó por la vidriera y se dejó ver por Atahualpa. Hicieron contacto visual, se encontraron en los ojos... Chica se detuvo. Atahualpa, dejando los platos que sostenía sobre la mesa más cercana, sostenía la mirada, casi petrificado, entre dos mesas. Chica, siempre desde la vereda levantó su mano hasta la altura de la cara, mostrando la palma, como saludando. Atahualpa saludó, como pudo, de la misma manera. Chica dio vuelta su mano, mostrando el lado inverso, el de las uñas. Flexionó todos los dedos, cerrando la mano. Todos menos el dedo mayor.
- Pe-lo-tu-do -silabeó Chica, y se fue-

