Quique paseandón (Entrega 2 de 2)
Y la vereda de enfrente… era tan extraña y apasionante. Los diferentes géneros de baldosa que tenían las entradas de la casa eran completamente nuevos, definitivamente vanguardistas, comparados con los diseños trillados y tan recorridos de la vereda propia.
Mirar la propia casa desde enfrente no era lo mismo que mirarla desde la puerta. Pero a la hora de avanzar Quique no le tiene miedo a nada. ¿Se quedaría petrificado en la observación ahora tan metido que estaba en el viaje? No.
Pero había que andar con cuidado. No había fieras, por lo menos a la vista y en lo inmediato. Lo que si había era un terreno completamente irregular. Los desniveles eran tan abundantes como el pelo de Quique sobre su cara y los mocos asomando en las narices. Se requiere habilidad para superar los obstáculos.
A los veinte metros la bicicleta ya estaba descentrada, el asiento roto y dos rayos menos, que no eran de plástico pero mas o menos.
Mas adelante, casi llegando a la esquina vio la bici más rara que había visto hasta entonces. Una que solo tenía una rueda y la capacidad para transportar infinita cantidad de tierra. Además se podía propulsar desde atrás, con poco esfuerzo. ¿Qué habría al final de la larga madera suspendida en el aire? ¿Qué contenía ese trapecio tridimensional?
Pum. Todo el interés se esfumó cuando el golpe de frente contra la madera suspendida. Y quedo suspendida también la bici. Suspendida, fuera de servicio, clausurada, eximida de sus funciones, fundamentalmente rompida, rotada.
Con menos lastre se puede avanzar ligero. El terreno se mostraba mucho más favorable al pedestrismo. El progreso se hizo definitivamente notorio al dar vuelta la esquina y ver a pocos metros a la meca del placer. El expendio de carbohidratos.
Quique se indignó con los procederes capitalistas del kiosquero. No estaba dispuesto a entregar nada si no era a cambio de algunos valores de los que no tenía conocimiento. ¿Existía algún valor más alto que el del chocolate? ¿Cómo cotizaba el patrón chocolate aquel día? ¿Y el índice de palitos de la selva? ¿Sabía algo este cavernícola acerca de los rudimentos del intercambio? Seguro que no.
Como último recurso Quique pudo degustar una muestra gratis entregada a disgusto por el kiosquero en una acción puramente especulatoria; no podía maltratar a uno de sus principales clientes.
Ahora pensaba nuestro protagonista que con tanta libertad podría hacer lo que quisiera. Cualquier cosa, volver era una ellas.
Pero a la hora de emprender el regreso es fundamental recordar el sentido asumido anteriormente, para invertirlo. Algo que Quique no hizo. Y si no se vuelve… se avanza.
Y cuando menos lo esperaba, cabezazo. El perdoná flaco, ¿te prendés que nos falta uno? y el ¿me la alcanzas? llegaron enseguida. Treinta y ocho segundos después de frotar repetidamente la cabeza para aliviar el dolor, aceptó la invitación y pudo jugar con chicos parecidos a él. O no, pero al menos de su misma edad cronológica.
Pasó mas de hora y media, doce llamados telefónicos, un dolor de cabeza mucho mas intenso que el que tuvo Quique por el pelotazo y esa sensación espantosa de desasosiego que tenemos en las situaciones feas para que mamá lo encontrara, ahí, tomando gaseosa del pico de la botella, mientras intentaba explicar a sus compañeros de equipo, fuera del lenguaje llano del fútbol, la tremenda envidia que le provocaban los jueguitos de Andrea.
Mirar la propia casa desde enfrente no era lo mismo que mirarla desde la puerta. Pero a la hora de avanzar Quique no le tiene miedo a nada. ¿Se quedaría petrificado en la observación ahora tan metido que estaba en el viaje? No.
Pero había que andar con cuidado. No había fieras, por lo menos a la vista y en lo inmediato. Lo que si había era un terreno completamente irregular. Los desniveles eran tan abundantes como el pelo de Quique sobre su cara y los mocos asomando en las narices. Se requiere habilidad para superar los obstáculos.
A los veinte metros la bicicleta ya estaba descentrada, el asiento roto y dos rayos menos, que no eran de plástico pero mas o menos.
Mas adelante, casi llegando a la esquina vio la bici más rara que había visto hasta entonces. Una que solo tenía una rueda y la capacidad para transportar infinita cantidad de tierra. Además se podía propulsar desde atrás, con poco esfuerzo. ¿Qué habría al final de la larga madera suspendida en el aire? ¿Qué contenía ese trapecio tridimensional?
Pum. Todo el interés se esfumó cuando el golpe de frente contra la madera suspendida. Y quedo suspendida también la bici. Suspendida, fuera de servicio, clausurada, eximida de sus funciones, fundamentalmente rompida, rotada.
Con menos lastre se puede avanzar ligero. El terreno se mostraba mucho más favorable al pedestrismo. El progreso se hizo definitivamente notorio al dar vuelta la esquina y ver a pocos metros a la meca del placer. El expendio de carbohidratos.
Quique se indignó con los procederes capitalistas del kiosquero. No estaba dispuesto a entregar nada si no era a cambio de algunos valores de los que no tenía conocimiento. ¿Existía algún valor más alto que el del chocolate? ¿Cómo cotizaba el patrón chocolate aquel día? ¿Y el índice de palitos de la selva? ¿Sabía algo este cavernícola acerca de los rudimentos del intercambio? Seguro que no.
Como último recurso Quique pudo degustar una muestra gratis entregada a disgusto por el kiosquero en una acción puramente especulatoria; no podía maltratar a uno de sus principales clientes.
Ahora pensaba nuestro protagonista que con tanta libertad podría hacer lo que quisiera. Cualquier cosa, volver era una ellas.
Pero a la hora de emprender el regreso es fundamental recordar el sentido asumido anteriormente, para invertirlo. Algo que Quique no hizo. Y si no se vuelve… se avanza.
Y cuando menos lo esperaba, cabezazo. El perdoná flaco, ¿te prendés que nos falta uno? y el ¿me la alcanzas? llegaron enseguida. Treinta y ocho segundos después de frotar repetidamente la cabeza para aliviar el dolor, aceptó la invitación y pudo jugar con chicos parecidos a él. O no, pero al menos de su misma edad cronológica.
Pasó mas de hora y media, doce llamados telefónicos, un dolor de cabeza mucho mas intenso que el que tuvo Quique por el pelotazo y esa sensación espantosa de desasosiego que tenemos en las situaciones feas para que mamá lo encontrara, ahí, tomando gaseosa del pico de la botella, mientras intentaba explicar a sus compañeros de equipo, fuera del lenguaje llano del fútbol, la tremenda envidia que le provocaban los jueguitos de Andrea.

