31.8.05

Quique paseandón (Entrega 1 de 2)

Aquel día de febrero Enrique, Quique, quiso salir a pasear con su bicicleta. Después de llamar a todos sus amigos se enteró de que estaban en otras cosas, mucho más solícitos que él, ocupaban el tiempo en variadas actividades: Andrea jugaba el día entero en consolas de videojuegos, de las sofisticadas, con juegos violentos. Tener semejante nombre ítaloargentino lo obligaba a actos rectificatorios todo el tiempo. Ignacio siempre en sus clases de piano. ¿Alguna vez se darían cuenta sus padres del odio que le tenía a cada una de esas teclas de marfil? Juan, pobre Juan, otra vez en penitencia. Y Julián, casi nadie sabía jamás dónde estaba. La revolución industrial, la francesa, las dos guerras mundiales, más la primera que la segunda, la revolución femenina y décadas de política económica neoliberal influyeron a que sus padres para que vivan en sus trabajos. Pero Julián seguramente estaría buscando nuevas formas de hacer dinero, porque como decía su padre: nunca hay que poner todos los huevos en la misma canasta. El vástago lo entendió el día que recibió castigo por poner huevos bajo el cubrecama, tras la puerta, en la cartera de mamá, dentro del horno y en la maceta de los malvones. Este último lugar le pareció de por si seguro, ¿quién se acercaría a una planta de tan espantoso olor?
Desalentado por la soledad, pero sediento de fama y gloria por su aventura solitaria, partió rumbo al patio, en busca de la bicicleta. Su gran, nueva, reluciente bicicleta rodado 20. Ajustó el banderín y salió en un primer viaje de prueba que comenzó en la puerta trasera de la casa y atravesó todo el largo corredor interno de la casa, desde la cocina hasta el living. Con un saldo sin duda acreedor de dos macetas caídas y un minúsculo rayón en la pared, creyó que todos los signos eran propicios.
¿Llevaba llaves o no? Pensó que el gesto de papá era llevar siempre las llaves. Un poco por costumbre y otro poco para que no quedaran al alcance de Quique, que las mordía. Pero estaban ahí colgadas siempre las llaves de repuesto, que no tenían llavero y nadie nunca las usaba. Estaban tan accesibles que de un plumazo se las puso en el bolsillo.
¿El abuelo se enojaría por esta excursión a lo desconocido? Quique creyó que no podría enojarse siempre y cuando no se de cuenta de nada. Bueno, no. No creyó eso, ni siquiera pensó en el abuelo. De habérsele presentado su imagen mental, llena de arrugas, rigores, senectud e incontinencia, jamás hubiera dado un paso.
Después del tercer intento con la llave de la reja, pudo salir. O empezar a salir. Dejar abierta la reja, que tendía a cerrarse y al mismo tiempo pasar la bici hacia el lado de afuera…uf. Fue todo un desafío. Tanto ruido no se había hecho en ninguna otra sacada de bici fuera de casa. Pero como todo desafío, pasó, en este caso victoriosamente.
Olvidadas las llaves en el agujero de la cerradura, se subió a la bici y empezó a pedalear. Aquella parecía una tarde de victorias. Claro, hasta que Bolita, el perro de la cuadra, se cruzó en el camino. Un brusco movimiento del manubrio fue suficiente como para esquivar a bolita tanto como al equilibrio que hasta entonces sostenía.. Cuando Quique se quiso dar cuenta, lagrimeaba con dos raspones en la pierna derecha y la palma de la mano casi sangrante.
Pero las personas jóvenes son flexibles, resistentes. Quique no dudó en subirse de nuevo a la bici. Pero tampoco dudó un segundo en vengarse del perro y al grito de “¡Bolita de mierda!” le encajó una patada que quedará en los anales de las patadas a Bolita.
El piñón volvió a girar, Quique pasó la casa de Andrea, que tiene vereda negra con cuadraditos y la de Enriqueta, esa viejita buena y cálida que cada vez que se cruzaba con nuestro ciclista le decía “Oiga, tocayo”, le daba un beso y le regalaba un scon.
Pero en la tercera casa no pudo aguantar. Esa bajada de auto, tan tentadora. Era empinada, casi como la única montaña que conocía Quique, la del costado de la autopista. Esa que sostenía el puente que la atrasaba. ¿Por qué evadiría la aventura en este punto?
¡Fiuuuunn! La rueda de color azul cortó el viento en la bajada a toda velocidad rumbo a la vereda de enfrente. Ese maravilloso y casi virgen territorio.
Antes de la conquista hubo lugar para la frenada, el “pendejo pelotudo de mierda y la reconcha de tu madre” (que Quique repitió a escondidas de mamá durante dos meses más después de aquel día sin sospechar que significaba) y la tremenda indiferencia del aventurero por las normas de tránsito. No hay normas para los exploradores sino únicamente las que se autoimponen...

15.8.05

Soñando con espigas

Mientras Matías caminaba en dirección opuesta a la casa de Malísimo, pensaba. Pensaba que después de todo el viejo no era tan poeta. Que era un asesino, un idealista, un hombre sufriente, enojado, y quizás muchas más cosas. Pero no tenía mucho mucho de poeta. O por lo menos no del poeta libresco, ese que con su lira camina por Avenida de Mayo, cantando sus versos a cualquiera que los quiera escuchar.
También pensaba que no era su modelo a seguir. ¿Cómo puede serlo un hombre que como única meta solo le queda esperar la muerte, arrodillado en su vejez? Matías aún conservaba el testimonio objetivo de esa derrota, desde el momento en el cual Malísimo le dio su libro de cuentos y poemas, convirtiéndolo en ese mismo momento en un futuro libro póstumo. ¿Y qué sería de él? El narrador siempre estuvo seguro de que ese cuadernito descansaría por un periodo de tiempo largo en un placard húmedo. Después quién sabe.
Pero aún después de una aventura que parecía más literaria que real –y que de hecho lo es tanto literaria como metaliterariamente- le quedaban a Matías muchas cosas por hacer. Por lo pronto llamar a Julia. Dos semanas sin ver a un amor incipiente no son sólo dos semanas sino avalanchas eludidas, tornados soplados, terremotos amurados. Lástima que él nunca se dio cuenta de eso. Ni aún en el acto mismo de buscarla.

-Hola, buenas tardes –Matías en el frente de la casa de Julia, buscándola directamente, olvidando que todavía no habían llegado a esa clase de confianza- ¿está Julia en casa?
-Perdoname –dijo la madre de Julia- ¿Vos sos…?
-Ah, soy Matías, un compañero de la facultad de Julia.
-Perdoname (repitiéndose) que te pregunte, es que en estos días pasa cualquier cosa –La madre de Julia entendió en un solo paso quien era Matías o por lo menos qué pretendía. Mas que nada porque Julia no iba a ninguna facultad-
-No hay problema, entiendo perfectamente. Pero…¿Julia está?
-No, mirá: Julia se fue hoy a la mañana, tenía que ir al médico, pero no te preocupes, yo le aviso que pasaste. ¿Ella tiene tu número?
-Mmmmsi. Pero por las dudas se lo dejo acá, tome. (En este papel)
-Igualmente seguro se cruzan en la facultad, ¿no? -¿Eso no es abusar de un descubrimiento menor?
-Si, si. Bueno, muchas gracias, hasta luego.
-Chau querido, que te vaya bien.

Matías llegó a casa y no pudo hacer otra cosa sino dormir un rato. Porque después de todo, tendría que estudiar. Tendría que buscar trabajo, y fundamentalmente tendría que desencantarse.
Al despertar Julia no había llamado. Entonces probó hacerlo el mismo. Y Julia atendió.

-Hola, ¿Julia?
-Si, soy yo, ¿quién habla?
-Emm, yo, Matías.
-Ah, ¿cómo te va, Matías?

El dialogo fue así, insulso, casi sin rumbo y menos con sentido. Matías lo sintió, entonces decidió dejar el rodeo e intentarlo.

-…¿a sí?
-Si, si. Che, Julia, ¿qué te parece si nos vemos un rato?
-Ay no, hoy no puedo.
-Entiendo. ¿Y el sábado?
-No, tampoco puedo, es que tengo un…

No se pudo. Era obvio que algo no pasaba. Pero…¿qué podría hacer Matías? Solo se sentó a escribir un informe de tesis, para la facultad, acerca de un poeta con Malísimo por nombre, no ya por seudónimo.
Las imágenes aparecieron una detrás de la otra: espigas de trigo, chocolates y hasta serigrafías de flores… ¡Matías estaba soñando! Y que placentero era soñar, pero se había quedado dormido sobre el teclado.

-Che, marmota, teléfono. –El hermano de Matías, dulce, tierno, inefable-
-¿Ah, qué, uhm? –Respuesta estándar de persona que duerme-
-¡Teléfono, infeliz, tomá! –La magia de la telefonía inalámbrica estaba entre las manos de Matías
-¿Hola?
-Hola, ¿hablo con Matías?
-Si, ¿Quién es?
-Ah, disculpame, ni mi nombre digo. Habla Josefina.
-¿Qué Josefina? -¿tanta rudeza era necesaria en una sola respuesta de conversación telefónica?-
-Josefina, Mati, de la editorial. ¿Te acordás?
-Uy si, perdoname, me acuerdo.
-Bueno, te la hago corta: quiero que te vengas para la editorial. ¿Tenés tiempo?
-Si, ¿Pero para qué es, otra entrevista?
-No, nada de entrevista. Te cuento. A Gilberto, el que estuvo en la entrevista que hicimos Andrea vos y yo lo transfirieron a la casa central, en España. Así que yo quedé a cargo de todo. Y por eso es que te llamo. Para decirte que tenés trabajo en la editorial. ¿Qué te parece?
-…
-¿Hola?
-Perdoname, me quedé sin palabras. Me encanta. ¿A qué hora tengo que ir?

Josefina acordó encontrarse esa misma tarde en la editorial con Matías. Cuando llegó la hora, salió.
Iba caminando por la vereda y vio una pareja que le provocó ternura y un poco de envidia, pero de la que a uno lo hace sonreír. Por esa magia maligna que algunos llaman perspectiva, no podía ver los rostros de la pareja. Solo veía abrazos. La perspectiva se encargaba de tapar tras un árbol a los dos enamorados que avanzaban y como Matías avanzaba al mismo tiempo por la vereda opuesta, no lograría jamás verlos. Algunos dicen que eso es un signo, que detenerse es meter el dedo en los rayos de esa rueda que jamás se detiene.
Pero Matías se detuvo, temerariamente, porque sabía de la regla. Cuando vio la cara de Julia entre los brazos de alguien más… Ella también lo vio a Matías. Se ocultó entre los brazos que la rodeaban y caminando a paso rápido, se fue.
Él que iba a la entrevista de trabajo se lamentó, mucho. Se sintió tan defraudado como hace mucho no se sentía. Pero no maldijo. Porque él supo cómo funcionan las cosas Supo de lo efímero de algunas cosas y de lo sólido de otras. Entendió que la culpa no existe y que la suerte, si.
Después de todo iba rumbo a su nuevo trabajo, soñando con espigas.