Quique paseandón (Entrega 1 de 2)
Aquel día de febrero Enrique, Quique, quiso salir a pasear con su bicicleta. Después de llamar a todos sus amigos se enteró de que estaban en otras cosas, mucho más solícitos que él, ocupaban el tiempo en variadas actividades: Andrea jugaba el día entero en consolas de videojuegos, de las sofisticadas, con juegos violentos. Tener semejante nombre ítaloargentino lo obligaba a actos rectificatorios todo el tiempo. Ignacio siempre en sus clases de piano. ¿Alguna vez se darían cuenta sus padres del odio que le tenía a cada una de esas teclas de marfil? Juan, pobre Juan, otra vez en penitencia. Y Julián, casi nadie sabía jamás dónde estaba. La revolución industrial, la francesa, las dos guerras mundiales, más la primera que la segunda, la revolución femenina y décadas de política económica neoliberal influyeron a que sus padres para que vivan en sus trabajos. Pero Julián seguramente estaría buscando nuevas formas de hacer dinero, porque como decía su padre: nunca hay que poner todos los huevos en la misma canasta. El vástago lo entendió el día que recibió castigo por poner huevos bajo el cubrecama, tras la puerta, en la cartera de mamá, dentro del horno y en la maceta de los malvones. Este último lugar le pareció de por si seguro, ¿quién se acercaría a una planta de tan espantoso olor?
Desalentado por la soledad, pero sediento de fama y gloria por su aventura solitaria, partió rumbo al patio, en busca de la bicicleta. Su gran, nueva, reluciente bicicleta rodado 20. Ajustó el banderín y salió en un primer viaje de prueba que comenzó en la puerta trasera de la casa y atravesó todo el largo corredor interno de la casa, desde la cocina hasta el living. Con un saldo sin duda acreedor de dos macetas caídas y un minúsculo rayón en la pared, creyó que todos los signos eran propicios.
¿Llevaba llaves o no? Pensó que el gesto de papá era llevar siempre las llaves. Un poco por costumbre y otro poco para que no quedaran al alcance de Quique, que las mordía. Pero estaban ahí colgadas siempre las llaves de repuesto, que no tenían llavero y nadie nunca las usaba. Estaban tan accesibles que de un plumazo se las puso en el bolsillo.
¿El abuelo se enojaría por esta excursión a lo desconocido? Quique creyó que no podría enojarse siempre y cuando no se de cuenta de nada. Bueno, no. No creyó eso, ni siquiera pensó en el abuelo. De habérsele presentado su imagen mental, llena de arrugas, rigores, senectud e incontinencia, jamás hubiera dado un paso.
Después del tercer intento con la llave de la reja, pudo salir. O empezar a salir. Dejar abierta la reja, que tendía a cerrarse y al mismo tiempo pasar la bici hacia el lado de afuera…uf. Fue todo un desafío. Tanto ruido no se había hecho en ninguna otra sacada de bici fuera de casa. Pero como todo desafío, pasó, en este caso victoriosamente.
Olvidadas las llaves en el agujero de la cerradura, se subió a la bici y empezó a pedalear. Aquella parecía una tarde de victorias. Claro, hasta que Bolita, el perro de la cuadra, se cruzó en el camino. Un brusco movimiento del manubrio fue suficiente como para esquivar a bolita tanto como al equilibrio que hasta entonces sostenía.. Cuando Quique se quiso dar cuenta, lagrimeaba con dos raspones en la pierna derecha y la palma de la mano casi sangrante.
Pero las personas jóvenes son flexibles, resistentes. Quique no dudó en subirse de nuevo a la bici. Pero tampoco dudó un segundo en vengarse del perro y al grito de “¡Bolita de mierda!” le encajó una patada que quedará en los anales de las patadas a Bolita.
El piñón volvió a girar, Quique pasó la casa de Andrea, que tiene vereda negra con cuadraditos y la de Enriqueta, esa viejita buena y cálida que cada vez que se cruzaba con nuestro ciclista le decía “Oiga, tocayo”, le daba un beso y le regalaba un scon.
Pero en la tercera casa no pudo aguantar. Esa bajada de auto, tan tentadora. Era empinada, casi como la única montaña que conocía Quique, la del costado de la autopista. Esa que sostenía el puente que la atrasaba. ¿Por qué evadiría la aventura en este punto?
¡Fiuuuunn! La rueda de color azul cortó el viento en la bajada a toda velocidad rumbo a la vereda de enfrente. Ese maravilloso y casi virgen territorio.
Antes de la conquista hubo lugar para la frenada, el “pendejo pelotudo de mierda y la reconcha de tu madre” (que Quique repitió a escondidas de mamá durante dos meses más después de aquel día sin sospechar que significaba) y la tremenda indiferencia del aventurero por las normas de tránsito. No hay normas para los exploradores sino únicamente las que se autoimponen...
Desalentado por la soledad, pero sediento de fama y gloria por su aventura solitaria, partió rumbo al patio, en busca de la bicicleta. Su gran, nueva, reluciente bicicleta rodado 20. Ajustó el banderín y salió en un primer viaje de prueba que comenzó en la puerta trasera de la casa y atravesó todo el largo corredor interno de la casa, desde la cocina hasta el living. Con un saldo sin duda acreedor de dos macetas caídas y un minúsculo rayón en la pared, creyó que todos los signos eran propicios.
¿Llevaba llaves o no? Pensó que el gesto de papá era llevar siempre las llaves. Un poco por costumbre y otro poco para que no quedaran al alcance de Quique, que las mordía. Pero estaban ahí colgadas siempre las llaves de repuesto, que no tenían llavero y nadie nunca las usaba. Estaban tan accesibles que de un plumazo se las puso en el bolsillo.
¿El abuelo se enojaría por esta excursión a lo desconocido? Quique creyó que no podría enojarse siempre y cuando no se de cuenta de nada. Bueno, no. No creyó eso, ni siquiera pensó en el abuelo. De habérsele presentado su imagen mental, llena de arrugas, rigores, senectud e incontinencia, jamás hubiera dado un paso.
Después del tercer intento con la llave de la reja, pudo salir. O empezar a salir. Dejar abierta la reja, que tendía a cerrarse y al mismo tiempo pasar la bici hacia el lado de afuera…uf. Fue todo un desafío. Tanto ruido no se había hecho en ninguna otra sacada de bici fuera de casa. Pero como todo desafío, pasó, en este caso victoriosamente.
Olvidadas las llaves en el agujero de la cerradura, se subió a la bici y empezó a pedalear. Aquella parecía una tarde de victorias. Claro, hasta que Bolita, el perro de la cuadra, se cruzó en el camino. Un brusco movimiento del manubrio fue suficiente como para esquivar a bolita tanto como al equilibrio que hasta entonces sostenía.. Cuando Quique se quiso dar cuenta, lagrimeaba con dos raspones en la pierna derecha y la palma de la mano casi sangrante.
Pero las personas jóvenes son flexibles, resistentes. Quique no dudó en subirse de nuevo a la bici. Pero tampoco dudó un segundo en vengarse del perro y al grito de “¡Bolita de mierda!” le encajó una patada que quedará en los anales de las patadas a Bolita.
El piñón volvió a girar, Quique pasó la casa de Andrea, que tiene vereda negra con cuadraditos y la de Enriqueta, esa viejita buena y cálida que cada vez que se cruzaba con nuestro ciclista le decía “Oiga, tocayo”, le daba un beso y le regalaba un scon.
Pero en la tercera casa no pudo aguantar. Esa bajada de auto, tan tentadora. Era empinada, casi como la única montaña que conocía Quique, la del costado de la autopista. Esa que sostenía el puente que la atrasaba. ¿Por qué evadiría la aventura en este punto?
¡Fiuuuunn! La rueda de color azul cortó el viento en la bajada a toda velocidad rumbo a la vereda de enfrente. Ese maravilloso y casi virgen territorio.
Antes de la conquista hubo lugar para la frenada, el “pendejo pelotudo de mierda y la reconcha de tu madre” (que Quique repitió a escondidas de mamá durante dos meses más después de aquel día sin sospechar que significaba) y la tremenda indiferencia del aventurero por las normas de tránsito. No hay normas para los exploradores sino únicamente las que se autoimponen...

