30.5.05

Malísimo chingado.

-No sé, Greco, qué pasó. Venía llegando con Malísimo a su casa y había un auto negro estacionado en la puerta. Es raro porque nunca estaciona nadie más ahí que los vecinos, es un pasaje, no un lugar muy transitado.

-¿Pero qué me decís, papá? No me hagás la historieta del 007, te pido por favor.

-¿Qué 007? Te digo en serio. Yo estaba re-mal por Malísimo, por el tema de que lo tuvieron preso. Pero todo era medio raro, porque me parece que no te pueden tener tanto tiempo por averiguación de antecedentes. ¿Vos sabés de eso?

-Ni idea. La única vez que tuve quilombo con la cana fue cuando me llevaron en una razzia a los dieciséis y me tuvo que ir a buscar mi viejo que casi me caga a piñas.

-¿Sabés qué, Grequito?

-¿Qué?

-No sé que haría sin vos.

Matías se despidió así de la charla ocasional con Greco, una de sus inexplicables amistades. Se lo encontró camino a casa de Malísimo, en la avenida.

Aquel día en que volvían de la comisaría, realmente había un auto extraño en la puerta. Había dentro unos tipos de traje. Pero no eran como del FBI sino tipos con trajes sport, combinaban sacos con pantalones de diferentes diseños; intimidaban de la misma manera, eran grandes.

Malísimo le ordenó a Matías, cuando los vieron, que se fuera. Matías, por supuesto, se negó, pero el viejo insistió de una manera tan seria y solemne que no quedó alternativa más que obedecer. Se separaron de manera evidente: Matías saludó dándose vuelta y caminando hacia la esquina desde la cual venía, Malísimo siguió adelante hasta encontrarse con las personas que lo esperaban.

Les dijo dos o tres palabras, mientras bajaban los dos que estaban dentro del auto y se reunían con los que estaban fuera. Matías, que miraba desde la esquina, pudo ver cómo se metían todos dentro de la casa sin ningún tipo de sobresalto. Ellos iban por detrás.

Venía Matías entonces por el resto de la historia, por saber qué había pasado el día anterior en esa casa mientras él intentaba conseguir empleo.

-¡Matildeeeee! –gritó el joven por la ventana-

-Ya va, ya va –la voz de la ama de llaves se oía perturbada, como la de una madre que espera a su hijo desde hace horas, nerviosa porque no llegó a almorzar y no sabe dónde está-

-¿Cómo te va? ¿Bien? Me alegro. ¿Y Malísimo?

-Ay, ni me digas, estoy desesperada. Ayer se fue con esos tipos y todavía no volvió ni llamó ni nada.

-¿Pero qué pasó ayer? ¿Qué hizo con los tipos esos?

-Vení, pasá un cachito que con todo esto tengo un miedo bárbaro de estar en la entrada –Matilde abrió la puerta (hasta entonces había hablado desde la ventanita con vitreaux de la puerta) e hizo pasar a Matías, también le dio un beso- Creo que tengo la presión alta.

-Bueno, pará Matilde. Sentate y contame despacio qué pasó para que podamos pensar un poquito qué hacemos y dónde lo buscamos.

Matilde empezó tartamudeando pero al cabo de unos minutos pudo armar algunos párrafos que describieron lo que había pasado en la casa.

-Yo te cuento lo que pude escuchar, porque no dijeron nada y fueron derechito para el estudio. Tenían un acento raro, parecían mexicanos, pero no sé bien; hablaban fuerte, pero no de enojados, o por lo menos no parecían enojados.

-Bueno, eso está bien, pero decime qué pudiste escuchar, qué dijeron.

-Por lo que yo escuché parece que xxxxxxxxx se mandó una macana. Parece que lo de la comisaría, bah, yo no sé nada de eso todavía más que lo poco que vos me contaste. Algo malo pasó con la policía. Repetían muchas veces algo de un pacto con el pasaporte y xxxxxxxxx les decía que fue una equivocación, que él no había sido.

-¿Pero que no había sido qué? –Matías no lograba entender nada-

-Eso, lo que te decía, que se mandó una macana, pero no sé más que eso. Cuando terminaron de hablar se escucharon unos ruidos, como de libros que se caían o algo así. Después se fueron lo más tranquilos con xxxxxxxxx. Él me dijo que no me preocupara, pero se notaba que ellos no lo dejaban hablar, que lo apuraban.

-¿Y? –Matías no tenía nada, casi nada-

-No, nada mas, estoy que no doy mas, cómo puede ser que pasen todas estas cosas, si acá siempre era todo tan tranquilo, ahora todo esto, no entiendo, te juro que no entiendo qué está pasando.

-Bueno Matilde, pará. No hagamos una historia de película con esto. Yo también estoy nervioso, pero vos sabés que él tiene algunas cosas raras.

-Si, yo sé –Era notable cómo Matilde podía estrujar ese delantal sin romperlo-

-Bueno, entonces esperemos.

Un auto frenó en la puerta de repente. Un auto gris. Se escuchaba fácilmente si un auto llegaba porque en el pasaje dónde Malísimo vivía los árboles contenían el ruido de las calles lindantes.

El chofer bajó, dio la vuelta y abrió la puerta de la que bajó Malísimo tranquilamente. Agradeció, saludó y, después de cerrar la puerta trasera el chofer dio la vuelta y se fue como había llegado.

Una vez seguro de que no había en la entrada nadie más que Malísimo, Matías cerró el vitreaux y abrió la puerta; bajó corriendo los escalones de la entrada y...

21.5.05

Efectos especiales.

-Te digo la verdad. Yo no puedo hacer cualquier cosa. La mayoría las tengo que aprender y eso toma tiempo. Pero otras, poquitas, claro, me salen de golpe, sin pensar.

-Mirá, Matías, yo como director de la editorial necesito personas que sepan hacer de todo. Y estoy seguro de que vos sos muy capaz de hacer un montón de cosas. Pero si Andrea viene acá y me dice que sabe hacer tal, tal y tal cosa mientras vos me decís que tenés que aprender... No estás logrando lo que propusimos como objetivo para esta entrevista conjunta, que ustedes puedan contrastar, “venderse”...

¡Pum, fam, chirriún! Sonó “venderse” en toda la oficina. La luz fluorescente se apagó, salieron relámpagos desde atrás de los muebles, relámpagos de todos colores, rojos, azules, amarillos. Salieron dos rayos desde dentro del paragüero y la cara de Gisberto, el director editorial se convirtió en la de un demonio o en la de uno de los personajes de Mad Max, o no. Pintada con colores plateados, los pelos parados, el traje roto; manaba humo rojo por su nariz...

-... ¿me entendés lo que quiero decir? –terminó Gisberto.

-Si, lo que pasa es que a mí me parece.

-Perdoname –“destacose” (“destacose” provocó la misma molestia que Andrea, la intervención sonó igual de impropia que la palabra) Andrea- Yo lo entiendo a Matías, pobre. Quizás el no comprende bien cómo son estas cosas, cuando hice mi pasantía en editorial Gutemberg quise mantener un perfil de.

-Pará, disculpame –interrumpió Josefina, que no quería ser menos- Perdoname Andrea, me parece buena idea, y como para que esta entrevista funcione bien, como quiere Gisberto (aunque Gisberto ya habría terminado la entrevista rato ha y se habría quedado con Andrea, casi sin dudarlo) creo lo mejor que cada uno pueda terminar su exposición, de manera prolija. –Josefina se sentió hablar como ejecutiva y no lo podía creer, pero en cuestión de defender posiciones no se iba a quedar atrás-.

-Bueno, gracias, después de todo no era lo mas importante del mundo lo que tenía que decir –Matías con cada una de sus dudas y humildades se ganaba cada vez mas la simpatía de Josefina, la antipatía de Gisberto y, en el mismo acto, cebaba la sed de sangre de Andrea, que ya veía como suyo el puesto- pero ahora, después de tantas interrupciones, no puedo dejar de decirlo: y decía que lo que pasa es que por mas que yo diga que puedo hacer mil cosas, eso no significa nada, nada de nada. No sé Gisberto si leiste mi CV; aunque no tuve muchos trabajos fui a decenas de entrevistas. Y sé lo que en ellas pasa, estoy cansado de escucharlas: gente que dice que podría mantener al mundo sobre sus hombros y que lo haría feliz por un sueldito de cuatrocientos pesos. Ya sé como son esas cosas y perdoname, no quiero sonar soberbio, pero me parece mucho mas honesto lo que estoy haciendo yo diciéndote que soy ignorante en la mayoría de las cosas, pero me creo capaz de poder asumirlas.

Perdoname Andrea, no creas que esto lo digo en contra tuya, supongo que esto será tan incómodo para vos como para mí, pero desde hace un tiempo decidí decir las cosas como corresponde en las entrevistas. Los empleadores –mirando a Gisberto y Josefina alternativamente- deberían detectar cuando alguien realmente quiere el trabajo, deberían saber cuando un trabajo es para él lo que desea...

En un punto había dentro de la oficina cuatro personas en diferentes actitudes. Una hablaba bastante segura y sinceramente. Decía palabras sin tartamudear ni dudar, sin mover las manos casi. Otra de las personas, de traje, unos 52 años y dos meses aproximadamente, pelo canoso y carpeta sobre las rodillas tenía cara de “¿Qué dice este?”. Había, en la tercera esquina una señora, de pelo canoso también, pero largo, con un colgante que parecía una artesanía comprada en una feria y que sentía que todos sus ideales estaban materializados o personificados en la persona que estaba en la cuarta esquina; el joven que hablaba con tono seguro.

La entrevista terminó. Todo quedó en tono formal y hubo sendas promesas de llamados posteriores. La despedida fue fría, excepto la de Josefina, que le dio un beso y un abrazo a Matías. Él se sintió muy a gusto con eso.

El otro día, cuando Matías le preguntó a Malísimo por la foto, él casi le contesta después de dar muchos infinitos rodeos. Lástima la gente que esperaba en la puerta de la casa del viejo.