Tabaré.
Malísimo estaba realmente preocupado. Porque algo andaba mal en él. Desde que ese médico gordo y simpaticón le daba ciertas pastillas rosadas que, según él, reducían su volumen de azúcar en sangre, él estaba mas dulce que nunca.
Y no estaba cómodo con eso. No se sentía bien siendo buena persona. Porque, él sabía, no era su forma de encarar la vida. Al viejo no le gustaba pedir permiso, salvo que intentara seducir a alguna mujer. Le gustaba empujar, abrir la puerta de una patada, tanto metafóricamente como literalmente.
En el baño, de frente al espejo, decidió no tomar esa pastilla. Y ni tanto como “decidirlo”, simplemente la dejo caer de su mano rumbo al desagüe. La gravedad hizo en realidad todo el trabajo. Se lavó los dientes y se peinó con su pequeño peine de veinte centímetros acompañando el sentido del mismo peine ya mencionado dos veces con la palma de su mano, reafirmando el peinado del peinador, listo, cinco veces.
Al rato ya se sentía un poco mejor y mejor aún después de comer el par de medialunas que Matilde le dejó en su escritorio, donde desayunaba cuando se acordaba un café con leche.
Y le dieron ganas de leer Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín. No le gustaba ese gran poema épico uruguayo, casi lo odiaba. Pero al mismo tiempo que lo odiaba no podía dejar de leerlo, analizarlo y reanalizarlo. Los últimos tres ejemplares que tuvo siguieron diferentes destinos: Destrucción total de la mayoría de las páginas en pedacitos chiquitos, viaje por el inodoro rumbo a océanos inexplorados y, el ultimo, a la cabeza de la bibliotecaria.
No tenía necesidad de ir a buscarlos a la biblioteca, tenía dinero para comprarlos. Quizás su secreta ilusión era sacarlo de circulación para que nadie pudiera leerlo mas.
Pero no era socio de la biblioteca. Por varias razones, una después de la otra. Jamás haría el trámite para hacerse socio y, en segundo lugar, no le admitían Malísimo como nombre.
La última vez la bibliotecaria, una coqueta sesentona fue seducida por el carácter de Malísimo que le hizo el favor de dárselo en préstamo aun sin ser socio, con la promesa de la devolución. Cualquier seducción se esfumó cuando recibió el librazo por la cabeza, horas mas tarde.
Esta vez no estaba la sesentona. Alguien en el salón de lectura hablaba del infarto que había tenido. En su lugar estaba una joven de treinti tantos, una de esas que eligen para atender en el PAMI por su infinita paciencia. Otra vez cayó en la trampa. Y no por pasión esta vez sino por con-pasión le prestó el libro a Malísimo. ¿Quién manejaba esa biblioteca? ¿No perdían muchos libros así? ¿Y quién era él/la fanatico/a que incluía Tabaré en la lista de compras una y otra vez?
Malísimo se sentó en un banco de la plaza y empezó a leer el libro, recorriéndolo con su lápiz, trazando líneas y bufando.
No pasaron quince minutos hasta que un chico de unos dieciséis años, fuera de sí llegara donde Malísimo y le exigiera una moneda, que no es mucho exigir.
Pero Malísimo le dijo que no tenía, que estaba leyendo. El joven insistió y recibió la misma respuesta. Pero al tercer intento, que tuvo mas vehemencia, se enfrentó con los gritos de Malísimo. Con la negativa del lector de plaza el joven se retiró sin antes dejarle en la cara del viejo una linda, casi perfecta escupida.
Tenía dos metros caminados cuando respondió al chiflido de Malísimo. Se dio vuelta sin notar que un ejemplar de Tabaré ya viajaba quién sabe a qué velocidad rumbo a su glóbulo ocular izquierdo. El pobre Charrúa no tendría idea en su tiempo que su nombre provocaría tanto dolor y menos aún que él, raro por sus ojos azules, dañaría los ojos de otra persona.
-¿Nombre?
-¿Usted no cree que existe alguien que una vez dijo “Soy el que soy”? Bueno, ese soy yo, el que soy.
El policía no supo que contestar. Pasó un día sin saber qué hacer. Detener a un viejo como ese por disturbios en la vía pública no era algo que pasara todos los días. No lograba entender, con su entrenamiento básico de agente que le permitía llevar un arma pero no cambiar el “afirmativo” por el “si”, frente a un micrófono.
De pronto llegó un joven preguntando por el viejo que ya se había ganado el apodo de “loco”.
Y no estaba cómodo con eso. No se sentía bien siendo buena persona. Porque, él sabía, no era su forma de encarar la vida. Al viejo no le gustaba pedir permiso, salvo que intentara seducir a alguna mujer. Le gustaba empujar, abrir la puerta de una patada, tanto metafóricamente como literalmente.
En el baño, de frente al espejo, decidió no tomar esa pastilla. Y ni tanto como “decidirlo”, simplemente la dejo caer de su mano rumbo al desagüe. La gravedad hizo en realidad todo el trabajo. Se lavó los dientes y se peinó con su pequeño peine de veinte centímetros acompañando el sentido del mismo peine ya mencionado dos veces con la palma de su mano, reafirmando el peinado del peinador, listo, cinco veces.
Al rato ya se sentía un poco mejor y mejor aún después de comer el par de medialunas que Matilde le dejó en su escritorio, donde desayunaba cuando se acordaba un café con leche.
Y le dieron ganas de leer Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín. No le gustaba ese gran poema épico uruguayo, casi lo odiaba. Pero al mismo tiempo que lo odiaba no podía dejar de leerlo, analizarlo y reanalizarlo. Los últimos tres ejemplares que tuvo siguieron diferentes destinos: Destrucción total de la mayoría de las páginas en pedacitos chiquitos, viaje por el inodoro rumbo a océanos inexplorados y, el ultimo, a la cabeza de la bibliotecaria.
No tenía necesidad de ir a buscarlos a la biblioteca, tenía dinero para comprarlos. Quizás su secreta ilusión era sacarlo de circulación para que nadie pudiera leerlo mas.
Pero no era socio de la biblioteca. Por varias razones, una después de la otra. Jamás haría el trámite para hacerse socio y, en segundo lugar, no le admitían Malísimo como nombre.
La última vez la bibliotecaria, una coqueta sesentona fue seducida por el carácter de Malísimo que le hizo el favor de dárselo en préstamo aun sin ser socio, con la promesa de la devolución. Cualquier seducción se esfumó cuando recibió el librazo por la cabeza, horas mas tarde.
Esta vez no estaba la sesentona. Alguien en el salón de lectura hablaba del infarto que había tenido. En su lugar estaba una joven de treinti tantos, una de esas que eligen para atender en el PAMI por su infinita paciencia. Otra vez cayó en la trampa. Y no por pasión esta vez sino por con-pasión le prestó el libro a Malísimo. ¿Quién manejaba esa biblioteca? ¿No perdían muchos libros así? ¿Y quién era él/la fanatico/a que incluía Tabaré en la lista de compras una y otra vez?
Malísimo se sentó en un banco de la plaza y empezó a leer el libro, recorriéndolo con su lápiz, trazando líneas y bufando.
No pasaron quince minutos hasta que un chico de unos dieciséis años, fuera de sí llegara donde Malísimo y le exigiera una moneda, que no es mucho exigir.
Pero Malísimo le dijo que no tenía, que estaba leyendo. El joven insistió y recibió la misma respuesta. Pero al tercer intento, que tuvo mas vehemencia, se enfrentó con los gritos de Malísimo. Con la negativa del lector de plaza el joven se retiró sin antes dejarle en la cara del viejo una linda, casi perfecta escupida.
Tenía dos metros caminados cuando respondió al chiflido de Malísimo. Se dio vuelta sin notar que un ejemplar de Tabaré ya viajaba quién sabe a qué velocidad rumbo a su glóbulo ocular izquierdo. El pobre Charrúa no tendría idea en su tiempo que su nombre provocaría tanto dolor y menos aún que él, raro por sus ojos azules, dañaría los ojos de otra persona.
-¿Nombre?
-¿Usted no cree que existe alguien que una vez dijo “Soy el que soy”? Bueno, ese soy yo, el que soy.
El policía no supo que contestar. Pasó un día sin saber qué hacer. Detener a un viejo como ese por disturbios en la vía pública no era algo que pasara todos los días. No lograba entender, con su entrenamiento básico de agente que le permitía llevar un arma pero no cambiar el “afirmativo” por el “si”, frente a un micrófono.
De pronto llegó un joven preguntando por el viejo que ya se había ganado el apodo de “loco”.

