11.3.05

Tabaré.

Malísimo estaba realmente preocupado. Porque algo andaba mal en él. Desde que ese médico gordo y simpaticón le daba ciertas pastillas rosadas que, según él, reducían su volumen de azúcar en sangre, él estaba mas dulce que nunca.
Y no estaba cómodo con eso. No se sentía bien siendo buena persona. Porque, él sabía, no era su forma de encarar la vida. Al viejo no le gustaba pedir permiso, salvo que intentara seducir a alguna mujer. Le gustaba empujar, abrir la puerta de una patada, tanto metafóricamente como literalmente.
En el baño, de frente al espejo, decidió no tomar esa pastilla. Y ni tanto como “decidirlo”, simplemente la dejo caer de su mano rumbo al desagüe. La gravedad hizo en realidad todo el trabajo. Se lavó los dientes y se peinó con su pequeño peine de veinte centímetros acompañando el sentido del mismo peine ya mencionado dos veces con la palma de su mano, reafirmando el peinado del peinador, listo, cinco veces.
Al rato ya se sentía un poco mejor y mejor aún después de comer el par de medialunas que Matilde le dejó en su escritorio, donde desayunaba cuando se acordaba un café con leche.
Y le dieron ganas de leer Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín. No le gustaba ese gran poema épico uruguayo, casi lo odiaba. Pero al mismo tiempo que lo odiaba no podía dejar de leerlo, analizarlo y reanalizarlo. Los últimos tres ejemplares que tuvo siguieron diferentes destinos: Destrucción total de la mayoría de las páginas en pedacitos chiquitos, viaje por el inodoro rumbo a océanos inexplorados y, el ultimo, a la cabeza de la bibliotecaria.
No tenía necesidad de ir a buscarlos a la biblioteca, tenía dinero para comprarlos. Quizás su secreta ilusión era sacarlo de circulación para que nadie pudiera leerlo mas.
Pero no era socio de la biblioteca. Por varias razones, una después de la otra. Jamás haría el trámite para hacerse socio y, en segundo lugar, no le admitían Malísimo como nombre.
La última vez la bibliotecaria, una coqueta sesentona fue seducida por el carácter de Malísimo que le hizo el favor de dárselo en préstamo aun sin ser socio, con la promesa de la devolución. Cualquier seducción se esfumó cuando recibió el librazo por la cabeza, horas mas tarde.
Esta vez no estaba la sesentona. Alguien en el salón de lectura hablaba del infarto que había tenido. En su lugar estaba una joven de treinti tantos, una de esas que eligen para atender en el PAMI por su infinita paciencia. Otra vez cayó en la trampa. Y no por pasión esta vez sino por con-pasión le prestó el libro a Malísimo. ¿Quién manejaba esa biblioteca? ¿No perdían muchos libros así? ¿Y quién era él/la fanatico/a que incluía Tabaré en la lista de compras una y otra vez?
Malísimo se sentó en un banco de la plaza y empezó a leer el libro, recorriéndolo con su lápiz, trazando líneas y bufando.
No pasaron quince minutos hasta que un chico de unos dieciséis años, fuera de sí llegara donde Malísimo y le exigiera una moneda, que no es mucho exigir.
Pero Malísimo le dijo que no tenía, que estaba leyendo. El joven insistió y recibió la misma respuesta. Pero al tercer intento, que tuvo mas vehemencia, se enfrentó con los gritos de Malísimo. Con la negativa del lector de plaza el joven se retiró sin antes dejarle en la cara del viejo una linda, casi perfecta escupida.
Tenía dos metros caminados cuando respondió al chiflido de Malísimo. Se dio vuelta sin notar que un ejemplar de Tabaré ya viajaba quién sabe a qué velocidad rumbo a su glóbulo ocular izquierdo. El pobre Charrúa no tendría idea en su tiempo que su nombre provocaría tanto dolor y menos aún que él, raro por sus ojos azules, dañaría los ojos de otra persona.


-¿Nombre?
-¿Usted no cree que existe alguien que una vez dijo “Soy el que soy”? Bueno, ese soy yo, el que soy.

El policía no supo que contestar. Pasó un día sin saber qué hacer. Detener a un viejo como ese por disturbios en la vía pública no era algo que pasara todos los días. No lograba entender, con su entrenamiento básico de agente que le permitía llevar un arma pero no cambiar el “afirmativo” por el “si”, frente a un micrófono.
De pronto llegó un joven preguntando por el viejo que ya se había ganado el apodo de “loco”.

8.3.05

Tezcatlipoca, segunda parte.

Al fin Matías llegó a su casa. No sabía que hacer. Era muy tarde para cualquier cosa, sin embargo no tenía sueño. Entonces decidió terminar lo empezado tiempo atrás. Pensó que no se puede empezar algo y dejarlo colgado así como así. ¿Que pasaría si alguien estuviera mirando su vida? ¿Qué pensaría esa gente? Estarían esperando alguna clase de desenlace. Pero no esperarían mucho tiempo. Quizás se detendrían una o dos veces a mirar que había pasado, pero después el olvido haría desaparecer todo.
Tomó coraje, un poco de soda y el cuaderno de Malísimo.
Fue al baño se sentó en “el lugar inevitable” y terminó de leer el cuento que había empezado a leer el sábado.

Pero las cosas no siguieron de esa manera por mucho tiempo. La empresa decidió que yo era prescindible y me despidió. No me hice mayores problemas porque tenia algún dinero ahorrado; solo algunos pequeños sacrificios me permitirían mantenerme hasta conseguir un nuevo empleo. Después de todo perder el trabajo era algo mínimo al lado de lo que había pasado el año anterior. Como medida de ahorro decidí vender el auto que me había comprado porque no lo podría mantener, eso me daría unos mil quinientos pesos. Además decidí dejar de comprar las pastillas que me habían recetado en el hospital que me salían ochenta pesos mensuales y que ya no necesitaba, pues estaba curado.
Todo marchaba relativamente bien hasta que el muy hijo de puta comenzó a perseguirme de nuevo. No entendí porque volvió a hacerlo, pero esta vez no cometería el mismo error nuevamente. Me provocaba porque quería verme nuevamente prisionero, en ese sucio hospital. Pero decidí conservar la calma y planear el ataque de la forma más cuidadosa posible. Sabía que él podía entrar a mi casa con total impunidad, seguramente manejaba tácticas de espionaje porque jamás lo detectaba en su ingreso, pero es seguro que entraba; lo veía casi diariamente. Se me ocurrió, entonces, atacarlo en mi casa; en ese lugar nadie podría verme ni acusarme de nada, luego pensaría como deshacerme del cuerpo.
Las cosas comenzaron a desarrollarse como en esos duelos que veía en los westerns cuando era adolescente. Los dos dábamos los mismos pasos, era una danza sincronizada en la que ambos sabíamos cual era el siguiente movimiento y no dudábamos en ejecutarlo.
Todo estaba a la vista.
Decidí buscar un arma. Compré una 38 usada, en el mercado negro, obviamente. Así me evitaba tener que limar el numero de serie, para no quedar implicado. También compré las balas correspondientes y además un par de guantes de látex, para no dejar huellas en el mango. Todo debía ser planeado con minuciosidad para no dejar rastros. Él también se estaba pertrechando. Aunque en un principio, que él comprara el arma en el mismo lugar que yo, al igual que los guantes, me pareció la actitud de un insensato; poco después razoné que estaba desafiándome otra vez. Era un maldito arrogante que solo quería irritarme como ya lo había hecho en nuestro primer encuentro.
Si bien me tenía mucha confianza, sabía que podría volver a fallar. Sabia que quizás yo podría ser el abatido. Entonces decidí ir a ver a Casandra. Estábamos peleados desde que había perdido el empleo pero consideré que verla me daría sosiego antes del encuentro. Lamentablemente mi perseguidor también llegó hasta la casa de ella. Cuando lo vi, dentro del baño, le grité a Casandra que se agachara y disparé sin dudar. Ella enseguida se puso a llorar y me gritó. ¡Otra vez estas loco, yo lo sabía!. Estaba muy alterado; no pude encontrarlo, seguramente escapó por la claraboya. Un instante después me percaté de que mi novia había llamado a la policía, así que dejé su casa corriendo rumbo a la mía. Tenia que matarlo y sabía que él iría a mi casa. Si me atrapaba la policía, no saldría jamás porque seguramente tiene contactos allí también.
Cuando entré apreté la tecla de la luz. El foco se quemó instantáneamente. No me importó porque mi mono ambiente no tenia demasiados muebles y podía moverme con destreza. Llegué hasta la mesa y me senté. Apoyé el brazo derecho sobre el vidrio con el arma aun empuñada y encendí el velador que uso cuando escribo mi correspondencia. Cuando lo vi salté inmediatamente. El departamento estaba en penumbras pero aun así estaba seguro de haber visto al siniestro personaje que arruinó mi vida.
Pensé en, ese momento, que podría revisar el departamento en busca de “fallas de seguridad”. Habría un asesinato en cualquier momento y la policía llegaría a buscarme. Me paré en el medio del departamento y comencé a girar sobre mis pies para no dejar nada al azar: el cuadro de Rembrandt, la puerta del baño, la mesa, el espejo, la cocina, la puerta de calle, el cuadro, la puerta, la mesa, y ahí estaba de nuevo. Apunté sin dudar. Le dije que todo había acabado, que moriríamos los dos si fuera necesario. Él me miraba fijamente y me remedaba como en los viejos tiempos, estaba armado y me apuntaba. En un momento en el que la tensión se hizo insostenible, apreté el gatillo dos veces seguidas. Él lo hizo también. Mis disparos impactaron de lleno en su pecho, aunque él falló.
Todavía salía humo del caño del revolver cuando me encontre diciendo ¡Moríte hijo de puta, moríte!. Empecé a escuchar las sirenas de la policía. Mi enemigo todavía estaba en pie así que después de unos segundos le dispare dos veces más. Inmediatamente sentí a la policía detrás de la puerta, golpeándola para tumbarla. Retrocedí unos pasos sobre mi para mirar a la puerta y en ese segundo se me escapó el impostor.
La policía me dijo que me rindiera pero jamás lo habría hecho porque de aprenderme quedaría encerrado para siempre, él se encargaría de ello. Me agaché unos metros detrás de la puerta y esperé a que la tumben los policías. Apenas entraron les disparé la bala que me quedaba, hiriendo a uno. Lamentablemente el enfrentamiento no duró demasiado porque no tenia más balas y ellos pudieron herirme en el hombro y en mi pierna izquierda.
Tal como lo sospechaba, mi enemigo es muy poderoso. Consiguió que me encierren directamente, con un juicio perfectamente arreglado.
Me metieron en una celda que tiene las paredes acolchonadas, totalmente blancas. Estoy solo, sin compañeros que me molesten; cosa que debe haber conseguido mi padre sobornando al guardia cárcel.
Debo decir que las comodidades son muy pocas, ni siquiera tengo espejo para afeitarme.
Mi enemigo no volvió a molestarme.


Justo a tiempo se escuchó desde el otro lado de la puerta: ¡El baño es de todos, infeliz!