27.2.05

Bueno, resuma y continue.

-Nos sentamos en un bar cualquiera. No me acuerdo cual. Fui bastante piola, porque elegí un lugar del bar que tenía un altillo, un lugar en el que no había nadie, entonces podíamos charlar tranquilos.
-Usted siga –dijo Malísimo mientras se acomodaba en el sillón de su biblioteca- que yo me pongo acá, porque su relato es tan pero tan apasionante que si no me siento, puede que me desmaye de la emoción.
-Si, ya sé. Por eso te dije que no me ibas a creer –Matías no estaba muy avispado en ese momento como para entender la bruta ironía que Malísimo le tiró por la cabeza-. Estuvimos horas y horas en el bar. Primero pedimos cerveza, después vino y después mas cerveza. Picadas, papas, cosas así.
-Veo que eligió un lugar distinguidísimo, con una carta extremadamente variada.
-Si, eso estaba bueno, porque podías pedir lo que querías. No sé, fue como mágico, porque estuvimos horas y horas charlando sin un mínimo silencio. Fue raro.
-Ajá.

Matías siguió contando toda la salida, una salida como cualquier otra, completamente convencional. Malísimo, mientras tanto, se acomodó tanto en su sillón que acabó por quedarse dormido. Pero Matías no lo notó. Se ve que no lo notó porque solo podía mirarse su ombligo, su propia historia, como si fuera la primera y la única.
Esa sustancia que debe segregar el cuerpo y que hace parecer todo tan mágico en ese primer encuentro, la primera noche, los primeros meses. Si se pudiera destilar esa sustancia y venderla en cómodas cápsulas... o mejor aún, en pastillas, para que se pudiese vender en kioscos. Eso sí, habría muchos mas accidentes de tránsito en las calles. Y no, porque, de todos modos, los narcos no permitirían tal cosa. A menos que fuera ilegal y ellos mismos pudieran manufacturarla.
Esa noche, después de tanto alcohol y papitas picantes:

-¿Por qué viniste acá? Quiero saber eso –Julia hizo una pregunta tan breve como incómoda--¿Por qué vine? ¿No quedamos en encontrarnos?
(Un mejor protagonista, eso es lo que necesita esta historia, no alguien que sea un idiota de tales características, alguien definitivamente mas piola)
-Si –Julia repitió, pero seguramente lo hizo con una sonrisa solo porque estaba borracha. Se quitó su pelo negrísimo de la cara y lo intentó nuevamente- pero quiero saber mas que eso. Quiero que me digas por qué viniste, qué esperabas.
-Ah, eso.
¿Y si Matías hubiese estado sobrio? ¿Habría cometido la misma estupidez que se huele para las próximas líneas?
-Vine porque el otro día, cuando nos encontramos en el bar con Greco. ¿Te acordás?
-Si, claro, si hace re-poco...
.Bueno. Esa noche me pareció increíble, la pasé tan bien como creo que nunca la había pasado. Me sentí muy feliz, todo eso. Y entonces vine porque no pude hacer otra cosa, no podía no venir.

La cara de Julia se puso color de cereza. No supo que decir, pero por dentro se sintió demasiado poderosa. Pero no poderosa en el sentido maligno del poder, para eso estaba Malísimo, que después de todo no era tan malo. Se sintió poderosa como cuando uno se siente querido, admirado. Ese tipo de poder. Pero no se preocupó demasiado porque ese sentimiento estuvo en su cabeza el tiempo que una estrella fugaz tarda en atravesar el cielo, no era de “las malas”.

-¡Eh, Malo!, ¿Te quedaste dormido?
-¿Que, quién? ¿Isabel?
-No, Matías. ¿Todavía con Isabel?
-Váyase a la mierda.
-Perdón, perdoname Malísimo. Se hizo re-tarde, estuve hablando como un loro, no me di cuenta.
-Está bien. ¿Pero qué hora es?
-Y, ya es jueves, pasamos la media noche, hace dos horas.
-¿Pero usted no tiene obligaciones? ¿No tiene que estudiar? ¿No tenía un trabajo?
-Si tengo obligaciones –Matías cambió de semblante cuando bajó a la tierra y Malísimo le recordó que todavía tenía una vida en el purgatorio cotidiano-, tengo que estudiar y no tengo trabajo, pero tengo una entrevista dentro de poco.
-Bueno. A ver qué pasa con esa entrevista, parece que viene hace años con esa historieta, pero nunca llega a nada.
-No, ya voy a concretar –Sí, después de un enfrentamiento con alguna otra persona en la entrevista-

Malísimo se levantó y casi fue empujando a Matías hasta la puerta, él mismo llevaba la mochila de Matías, que siempre dejaba tirada en el piso y de la cual sobresalía la punta del cuaderno de Malísimo. Le pidió que no llevara el cuaderno así, suelto y en la mochila, que se le podría perder. Pero Matías le respondió que estaba leyendo un cuento, uno que se llamaba Tezcatlipoca y que apenas lo terminara guardaría el cuaderno.
Al fin lo llevó hasta la puerta y se despidió:

-¡Váyase ahora después me cuenta cómo le fue en la entrevista y cómo le fue con esa chica!
Matías se dio vuelta cuando escuchó esto. Abrió la boca como para decir algo, pero un segundo después se resignó y caminó por la vereda con una sonrisa, rumbo a casa.

9.2.05

Guau.

Matías no salió corriendo al encuentro de Julia apenas bajó del taxi. No por hacerse rogar, sino por quedar eclipsado por una situación que lo superaba.
Entonces se quedó duro sobre la paredcita, mirando. Julia bajó del taxi y le dio un beso por la ventanilla al taxista, lo que ya es todo una actitud y una nueva (o no tan nueva) forma de pagar por productos y servicios. Es como decir: Quédese con el vuelto.
-¿Qué hago, qué hago, qué hago? –monologo interior de Matías-
Mientras tanto Julia puso uno de sus pies, que llevaba unos zapatitos mas que simpáticos, sobre el cordón de la vereda de la placita. Parecía dudar porque tardó como diez segundos en recién poner el otro y avanzar.
-¿Qué hago, qué hago, qué hago; si me ve, quedo como un tarado? –monologo interior de Matías-
Pero Julia tenía todo planeado porque mirando hacía el piso caminó unos pasos en dirección a Matías, mirando hacia el piso. Se detuvo uno o dos minutos en la manta de un vendedor de quién sabe qué y siguió caminando. Llevaba un bolso de esos como morral, con una tira cruzada sobre el pecho y el pelo corto, pero no tanto
Finalmente Julia se sentó en la misma paredcita que Matías, pero a uno cuatro o cinco metros. Lo más simple hubiera sido que lo vea, pero no. Había mucha gente en el segmento de paredcita que los separaba. Y la forma misma de la plaza, circular, no ayudaba mucho.
Matías hacía varias cosas al mismo tiempo mientras tanto:
•Miraba a Julia y se preguntaba si era tan linda como él había pensado.
•Guardaba el cuaderno.
•Se hacía el doble nudo en el cordón de la zapatilla derecha.
•Confirmaba que si, y hasta que quizás era mas linda de lo que él pensaba
•Juntaba coraje.

Pero no necesitó juntar mucho coraje. El perro que anteriormente lo había echado de otro sector de la paredcita decidió que Matías no hacía otra cosa que quitarle sus lugares. Se plantó delante de él y empezó a ladrar de una manera no tan diplomática como antes. A todo guau y a todo volumen.
Cuando la concurrencia empezó a darse vuelta y Julia empezó a dar unos diez grados de los noventa que le hubieran permitido rotar la cabeza lo suficiente para descubrir quien estaba provocando la ira del can, Matías ya estaba frente a ella. Casi como si se hubiera teletransportado.
-Hola –Julia dio el primer hola, Matías balbuceaba un poco-
-Hola ¿Cómo te va? –Saludo clásico de Matías. Clásico y conservador. Un como te va y un beso para el primer encuentro estaría muy bien. Nada de estridencias-.
-Menos mal que me encontraste. Me quise hacer la graciosa con eso de encontrarnos y cuando cortamos el teléfono me di cuenta que había dicho “cualquiera”.
-Eso no importa. Te encontré y listo. ¿Llegaste bien? –Un poco de cortesía caballeril, para matizar-
-Si, me trajo mi viejo. Nunca me lleva a ningún lado, pero hoy se emperró en que me quería llevar. Casi me peleo, pero al final tuve que decirle que sí.
-Ah...¿Tu viejo es....(menos mal que no se le escapó el “taxista”. Hizo una pausa horrible, quedó como tonto, pero no tan tonto como pudo haber quedado) quien te trajo?
-Julia miró a su ocasional compañero con cara de “¿Qué me dice este?”, pero le perdonó la vida.-Si, me trajo mi viejo, es taxista.
-Ah, mirá vos.
Siguió el “vamos a tomar algo”, el “cual bar te gusta mas”, “ese no”, “aquel tampoco”. Y así.¿Que pasó, como terminó esa noche que empezó a ladridos?

6.2.05

Pasajera 57.

Al fin, Matías tuvo que irse. Tras su espalda se cerró la puerta, y esto tenía su lado positivo, porque ya no se cerraba sobre su frente.
Ahora, lo importante: Encontrarse con Julia. Evidentemente esta chica se traía algo entre manos. ¿Por qué, sino, propondría un encuentro sin encuentro? Es como tirar un misil sin coordenadas, una VCR sin timer, un inodoro sin mochila. Todo un despropósito.
Y cuando las cosas se hacen de esa manera, es por algo. No todo acto está plenamente justificado. Pero este seguramente lo estaba. ¿Y si no? ¿Y si Julia era así siempre? ¿Y si aceptó por compromiso?
Matías tenía muchas preguntas, porque era bueno para eso. Era bueno para pensar preguntas y plantearse primero la respuesta lógica y conveniente para él y luego la inconveniente, que era, a su vez, perfectamente posible. Entonces todo siempre tenía dos lados por lo menos. ¡Maldito pensamiento binario!, pensaba Matías mientras se bañaba: el bien contra el mal, lo frío contra lo caliente, la noche contra el día, la riqueza contra la pobreza, la Coca contra la Pepsi, todo era así. ¿No existen acaso los grises?
-¿Pueden ser que no existan los grises?- Gritó Matías en una extroversión inconsciente de sus pensamientos, desde la ducha-
-El toallón gris está en el lavarropas –Contestó su padre desde el otro lado de la puerta del baño, se ve que justo pasaba por ahí y escuchó a medias. O no, quizás el también sufría de la misma enfermedad que su hijo y se estaba haciendo preguntas. Preguntas del tipo: ¿Por qué mi vida es tan infeliz, por qué solo uso el toallón blanco y el gris? Fue cuando respondió en voz alta: el gris está en el lavarropas-
Nadie sabe bien (ni el narrador) que pasó ahí.
Matías se bañó y se vistió. No se preocupó por peinarse, porque andar despeinado es una filosofía de vida y el que, últimamente no estaba leyendo libros de filosofía, necesitaba un poco y esa era la que más a mano tenía, andar despeinado.
Al fin todo estuvo listo. Todo en él, porque por lo demás, nada lo estaba. Y después de todo: ¿Qué era “estar listo”? La abuela de Matías usaba esa frase y Malísimo también, a veces. Matías no quería estar listo, no de esa manera.
Sacó todos los billetes que estaban perdidos en el cajón de las cosas importantes, pero mientras sacaba billetes de allá y de acá, vio el libro de Malísimo, que mas que libro era cuaderno y pensó que sería buena idea llevarlo, por las dudas. Por si hubiera alguna fila que hacer, alguna mínima espera, tendría un libro a mano.
Y salió. Eran casi las once de la noche.
El plan era simple. Elegir un punto estratégico y esperar. Era bueno el monolito de Cortázar, en la plaza. Aunque alguna vez, en algún encuentro previo, quien sabe con quien, le había fallado. No había servido lo suficiente como punto de referencia.
Eligió un punto cualquiera en la paredcita que separa el interior de la plaza, lo que pudo ser un anfiteatro, de la vereda. Y esperó.
Vio como la gente iba y venía. Contó cuantos paquetes de cigarrillos vendía el kiosquero en el lapso que tardaba el taxista que tenía la licencia que terminaba en 57 en dar una vuelta completa a la plaza, levantar una pareja de pasajeros, llevarlos a su destino y volver nuevamente a buscar pasajeros a la plaza. Contó hasta 32 atados, la mayoría se iban con algún chicle. Pero no pudo contar mas porque el perro de un vagabundo decidió que el lugar donde Matías estaba era de su propiedad, lo dio a entender con un gruñido tan diplomático como efectivo.
Ya había pasado media hora de la medianoche. Y nada. Ya con tres vueltas alrededor de la plaza y una entrada a los bares con poca gente, una ojeada a los que tenían mucha... Nada. Nada de nada.
Pero el taxi con la licencia que terminaba en 57 seguía dando vueltas y la gente seguía yendo y viniendo. Pero Matías no logró encontrar a Julia.
Y era el mejor momento para pegarle una ojeada al cuaderno de Malísimo. ¿Para qué lo habría traído entonces? ¿Para qué estaría ahí? ¿Para qué el director de una película hace un primer plano de un aparente desconocido? Porque de seguro, es el asesino. ¿Y por qué en una historia de morondanga se habla así, como al pasar, de un cuaderno si no es porque ese cuaderno tiene algo que tarde o temprano ocuparía algunos renglones?
Matías abrió el cuaderno y empezó a leer a la vez que levantaba la vista entre renglón y renglón, para no darse por vencido. Podría esperar hasta la una y media. Empezó a leer un cuento o parecía ser un cuento.

Tezcatlipoca


Todavía salía humo del caño del revolver cuando me encontré diciendo ¡Moríte hijo de puta, moríte!. Furia, era lo que sentía contra ese maldito. Creo que su único destino en el mundo era arruinar mi vida.
Pero no moría, solo exhibía unas pequeñas heridas en forma circular. Él permanecía ahí parado, inmutable. Ya no sabia que hacer contra esa destructiva imitación.
Para enfrentarlo tuve que ser muy tenaz. No podría haberlo vencido nunca de no ser por mis incesantes intentos de destruirlo. Primero tuve que reconocerlo. Es increíble pero no sabia quien era ese hijo de mil pu... ahh, solo recordarlo me agobia. No entendía porque todo me salía tan mal: mi novia, mi familia, mi laburo, todo, todo.
Mi primer contacto con él fue a bordo del tren, mientras volvía de mi casa, a la noche. Regresar por la noche en tren es de ya de por sí una tortura que pocos pueden soportar con hidalguía. A los vendedores ambulantes, según la lógica del capitalismo, no les importa otra cosa que vender sus mercaderías de dudosa procedencia y de mucho más dudosa calidad, las embarazadas exigen con el rictus de la parca un asiento cuando no se lo brindan y lo agradecen con un mohín de incipiente madre cuando se los ofrecen, los pseudomarginales que se esfuerzan por parecer más marginales y tantos otros.
Pero no me quiero desviar, todo eso no es lo importante. Lo importante es que detrás de todos esos estereotipos con patas, estaba él, mirándome. Siempre se esforzaba por imitarme para pasar desapercibido, tal como yo lo hago. Aunque debo reconocer que siempre parecía muy diáfano y esto no es una metáfora de pureza espiritual. El siempre parecía diáfano, el muy hijo de.
Decidí increparlo en ese momento, abordo del tren. No quería esperar más. Empecé a los gritos: ¡Que me miras!, ¡Te voy a cagar a trompadas!. Él, que era muy hábil para hacerme irritar, me remedaba. Todos me miraban. Las embarazadas, los vendedores, los marginales; todos me miraban mientras discutía con él a los gritos. No podía dejar las cosas así. Si en ese momento no me lanzaba contra él quedaría como un cobarde. No podía quedar como un cobarde en el tren. Mi cobardía sería ventilada por toda la ciudad en poco tiempo. Esa mirada que me clavaban mientras discutía con mi enemigo se perpetuaría durante toda mi vida.
No había otra alternativa. El calor del verano me facilito escurrirme entre los cuerpos sudorosos y lanzarme contra él, que estaba al lado de la ventanilla. Me arrojé con todas mis fuerzas a un embate que me devolvería el honor y la tranquilidad. Lamentablemente las cosas no fueron tan fáciles. Me recibió con un golpe que me hizo perder la conciencia y después (según me contaron) salté por la ventanilla del tren.
¿Qué me lancé por la ventanilla del tren?. ¿Podrá ser que nadie haya visto la riña? No, no podrían haberla ignorado. Lo más probable es que nadie haya querido atestiguar en mi favor. No me quedó otra alternativa que aceptar lo que me decían de lo contrario pensarían que estaba loco. Igualmente tuve que soportar algunos meses en un hospital psiquiátrico. Ese tiempo fue un infierno para mí. Hablé con mi familia para que me sacaran pero me costó mucho convencerlos de que no estaba loco. Al fin me predispuse a adoptar la versión oficial de los hechos. Les dije a mis viejos que si, que estaba muy triste por una pelea que tuve con Casandra, que en un momento sentí que nada tenia sentido y decidí arrojarme por la ventana, pero que no lo volvería a hacer. Les dije que durante el tiempo en el hospital había encontrado un nuevo sentido a mi vida. La mentira no la creyeron los psiquiatras pero lo que contaba era la firma de mis padres.
De todos modos nunca logré acostumbrarme a su mirada fija sobre mí. Él era el que estaba loco. Ninguna persona cuerda puede abandonar todas sus tareas para perseguir a otra. Él era el loco que debía estar internado y no yo. Esta última afirmación fue la que me valió dos meses más internado. Debí tener en cuenta que era los que los psiquiatras querían oír para retenerme en la clínica más tiempo y así cobrar mensualidades adicionales. Fue un error que no volví a cometer.
Tenía serias razones que confirmaban la realidad de lo que había pasado aquella noche en el tren. El maldito impostor venia a vigilarme al hospital casi diariamente. Le encantaba vigilarme por la mañana. Pero tenía ciertos lugares predilectos. En esos días que eran todavía cálidos le gustaba mirarme desde la fuente del jardín del hospital o desde adentro del cubículo donde está el vigilante que custodia el lugar. De la misma manera, siempre me miraba cuando la enfermera venía a darme las medicaciones que trasladaba en su pulida bandeja de plata. Nunca me gustaron las bandejas, tienen algo de siniestro. Evidentemente él tenia contactos y quería que permaneciera internado porque sabia que lo buscaría hasta acabarlo.
De vuelta en la calle me decidí a buscarlo, algo que fue muy difícil al principio. Parecía que se había retirado. Creí que estaba convencido de que corría peligro cerca de mí. Mi relación con Casandra parecía mejorar y mi familia me apreciaba de nuevo desde que me veían con trabajo y con nuevos proyectos...


Cuando levantó Matías la mirada llegaba el taxi 57. Cerró el cuaderno, podría terminar de leerlo en otro momento, porque Julia había llegado.