Bueno, resuma y continue.
-Nos sentamos en un bar cualquiera. No me acuerdo cual. Fui bastante piola, porque elegí un lugar del bar que tenía un altillo, un lugar en el que no había nadie, entonces podíamos charlar tranquilos.
-Usted siga –dijo Malísimo mientras se acomodaba en el sillón de su biblioteca- que yo me pongo acá, porque su relato es tan pero tan apasionante que si no me siento, puede que me desmaye de la emoción.
-Si, ya sé. Por eso te dije que no me ibas a creer –Matías no estaba muy avispado en ese momento como para entender la bruta ironía que Malísimo le tiró por la cabeza-. Estuvimos horas y horas en el bar. Primero pedimos cerveza, después vino y después mas cerveza. Picadas, papas, cosas así.
-Veo que eligió un lugar distinguidísimo, con una carta extremadamente variada.
-Si, eso estaba bueno, porque podías pedir lo que querías. No sé, fue como mágico, porque estuvimos horas y horas charlando sin un mínimo silencio. Fue raro.
-Ajá.
Matías siguió contando toda la salida, una salida como cualquier otra, completamente convencional. Malísimo, mientras tanto, se acomodó tanto en su sillón que acabó por quedarse dormido. Pero Matías no lo notó. Se ve que no lo notó porque solo podía mirarse su ombligo, su propia historia, como si fuera la primera y la única.
Esa sustancia que debe segregar el cuerpo y que hace parecer todo tan mágico en ese primer encuentro, la primera noche, los primeros meses. Si se pudiera destilar esa sustancia y venderla en cómodas cápsulas... o mejor aún, en pastillas, para que se pudiese vender en kioscos. Eso sí, habría muchos mas accidentes de tránsito en las calles. Y no, porque, de todos modos, los narcos no permitirían tal cosa. A menos que fuera ilegal y ellos mismos pudieran manufacturarla.
Esa noche, después de tanto alcohol y papitas picantes:
-¿Por qué viniste acá? Quiero saber eso –Julia hizo una pregunta tan breve como incómoda--¿Por qué vine? ¿No quedamos en encontrarnos?
(Un mejor protagonista, eso es lo que necesita esta historia, no alguien que sea un idiota de tales características, alguien definitivamente mas piola)
-Si –Julia repitió, pero seguramente lo hizo con una sonrisa solo porque estaba borracha. Se quitó su pelo negrísimo de la cara y lo intentó nuevamente- pero quiero saber mas que eso. Quiero que me digas por qué viniste, qué esperabas.
-Ah, eso.
¿Y si Matías hubiese estado sobrio? ¿Habría cometido la misma estupidez que se huele para las próximas líneas?
-Vine porque el otro día, cuando nos encontramos en el bar con Greco. ¿Te acordás?
-Si, claro, si hace re-poco...
.Bueno. Esa noche me pareció increíble, la pasé tan bien como creo que nunca la había pasado. Me sentí muy feliz, todo eso. Y entonces vine porque no pude hacer otra cosa, no podía no venir.
La cara de Julia se puso color de cereza. No supo que decir, pero por dentro se sintió demasiado poderosa. Pero no poderosa en el sentido maligno del poder, para eso estaba Malísimo, que después de todo no era tan malo. Se sintió poderosa como cuando uno se siente querido, admirado. Ese tipo de poder. Pero no se preocupó demasiado porque ese sentimiento estuvo en su cabeza el tiempo que una estrella fugaz tarda en atravesar el cielo, no era de “las malas”.
-¡Eh, Malo!, ¿Te quedaste dormido?
-¿Que, quién? ¿Isabel?
-No, Matías. ¿Todavía con Isabel?
-Váyase a la mierda.
-Perdón, perdoname Malísimo. Se hizo re-tarde, estuve hablando como un loro, no me di cuenta.
-Está bien. ¿Pero qué hora es?
-Y, ya es jueves, pasamos la media noche, hace dos horas.
-¿Pero usted no tiene obligaciones? ¿No tiene que estudiar? ¿No tenía un trabajo?
-Si tengo obligaciones –Matías cambió de semblante cuando bajó a la tierra y Malísimo le recordó que todavía tenía una vida en el purgatorio cotidiano-, tengo que estudiar y no tengo trabajo, pero tengo una entrevista dentro de poco.
-Bueno. A ver qué pasa con esa entrevista, parece que viene hace años con esa historieta, pero nunca llega a nada.
-No, ya voy a concretar –Sí, después de un enfrentamiento con alguna otra persona en la entrevista-
Malísimo se levantó y casi fue empujando a Matías hasta la puerta, él mismo llevaba la mochila de Matías, que siempre dejaba tirada en el piso y de la cual sobresalía la punta del cuaderno de Malísimo. Le pidió que no llevara el cuaderno así, suelto y en la mochila, que se le podría perder. Pero Matías le respondió que estaba leyendo un cuento, uno que se llamaba Tezcatlipoca y que apenas lo terminara guardaría el cuaderno.
Al fin lo llevó hasta la puerta y se despidió:
-¡Váyase ahora después me cuenta cómo le fue en la entrevista y cómo le fue con esa chica!
Matías se dio vuelta cuando escuchó esto. Abrió la boca como para decir algo, pero un segundo después se resignó y caminó por la vereda con una sonrisa, rumbo a casa.
-Usted siga –dijo Malísimo mientras se acomodaba en el sillón de su biblioteca- que yo me pongo acá, porque su relato es tan pero tan apasionante que si no me siento, puede que me desmaye de la emoción.
-Si, ya sé. Por eso te dije que no me ibas a creer –Matías no estaba muy avispado en ese momento como para entender la bruta ironía que Malísimo le tiró por la cabeza-. Estuvimos horas y horas en el bar. Primero pedimos cerveza, después vino y después mas cerveza. Picadas, papas, cosas así.
-Veo que eligió un lugar distinguidísimo, con una carta extremadamente variada.
-Si, eso estaba bueno, porque podías pedir lo que querías. No sé, fue como mágico, porque estuvimos horas y horas charlando sin un mínimo silencio. Fue raro.
-Ajá.
Matías siguió contando toda la salida, una salida como cualquier otra, completamente convencional. Malísimo, mientras tanto, se acomodó tanto en su sillón que acabó por quedarse dormido. Pero Matías no lo notó. Se ve que no lo notó porque solo podía mirarse su ombligo, su propia historia, como si fuera la primera y la única.
Esa sustancia que debe segregar el cuerpo y que hace parecer todo tan mágico en ese primer encuentro, la primera noche, los primeros meses. Si se pudiera destilar esa sustancia y venderla en cómodas cápsulas... o mejor aún, en pastillas, para que se pudiese vender en kioscos. Eso sí, habría muchos mas accidentes de tránsito en las calles. Y no, porque, de todos modos, los narcos no permitirían tal cosa. A menos que fuera ilegal y ellos mismos pudieran manufacturarla.
Esa noche, después de tanto alcohol y papitas picantes:
-¿Por qué viniste acá? Quiero saber eso –Julia hizo una pregunta tan breve como incómoda--¿Por qué vine? ¿No quedamos en encontrarnos?
(Un mejor protagonista, eso es lo que necesita esta historia, no alguien que sea un idiota de tales características, alguien definitivamente mas piola)
-Si –Julia repitió, pero seguramente lo hizo con una sonrisa solo porque estaba borracha. Se quitó su pelo negrísimo de la cara y lo intentó nuevamente- pero quiero saber mas que eso. Quiero que me digas por qué viniste, qué esperabas.
-Ah, eso.
¿Y si Matías hubiese estado sobrio? ¿Habría cometido la misma estupidez que se huele para las próximas líneas?
-Vine porque el otro día, cuando nos encontramos en el bar con Greco. ¿Te acordás?
-Si, claro, si hace re-poco...
.Bueno. Esa noche me pareció increíble, la pasé tan bien como creo que nunca la había pasado. Me sentí muy feliz, todo eso. Y entonces vine porque no pude hacer otra cosa, no podía no venir.
La cara de Julia se puso color de cereza. No supo que decir, pero por dentro se sintió demasiado poderosa. Pero no poderosa en el sentido maligno del poder, para eso estaba Malísimo, que después de todo no era tan malo. Se sintió poderosa como cuando uno se siente querido, admirado. Ese tipo de poder. Pero no se preocupó demasiado porque ese sentimiento estuvo en su cabeza el tiempo que una estrella fugaz tarda en atravesar el cielo, no era de “las malas”.
-¡Eh, Malo!, ¿Te quedaste dormido?
-¿Que, quién? ¿Isabel?
-No, Matías. ¿Todavía con Isabel?
-Váyase a la mierda.
-Perdón, perdoname Malísimo. Se hizo re-tarde, estuve hablando como un loro, no me di cuenta.
-Está bien. ¿Pero qué hora es?
-Y, ya es jueves, pasamos la media noche, hace dos horas.
-¿Pero usted no tiene obligaciones? ¿No tiene que estudiar? ¿No tenía un trabajo?
-Si tengo obligaciones –Matías cambió de semblante cuando bajó a la tierra y Malísimo le recordó que todavía tenía una vida en el purgatorio cotidiano-, tengo que estudiar y no tengo trabajo, pero tengo una entrevista dentro de poco.
-Bueno. A ver qué pasa con esa entrevista, parece que viene hace años con esa historieta, pero nunca llega a nada.
-No, ya voy a concretar –Sí, después de un enfrentamiento con alguna otra persona en la entrevista-
Malísimo se levantó y casi fue empujando a Matías hasta la puerta, él mismo llevaba la mochila de Matías, que siempre dejaba tirada en el piso y de la cual sobresalía la punta del cuaderno de Malísimo. Le pidió que no llevara el cuaderno así, suelto y en la mochila, que se le podría perder. Pero Matías le respondió que estaba leyendo un cuento, uno que se llamaba Tezcatlipoca y que apenas lo terminara guardaría el cuaderno.
Al fin lo llevó hasta la puerta y se despidió:
-¡Váyase ahora después me cuenta cómo le fue en la entrevista y cómo le fue con esa chica!
Matías se dio vuelta cuando escuchó esto. Abrió la boca como para decir algo, pero un segundo después se resignó y caminó por la vereda con una sonrisa, rumbo a casa.

