31.12.04

Cita pactada.

-Mirá –Matías abrió el paraguas, como se dice- mi nombre es Matías. Nos conocimos...
-Si, si. ¿Cómo andas? Estuve esperando que me llames.
Julia demostraba su entusiasmo de manera evidente. Y Matías no estaba nada acostumbrado a eso. Él sabía actuar frente al rechazo. No, mejor dicho: no sabía actuar frente al rechazo sino que estaba mucho más acostumbrado a eso. Tenía los dedos marcados en la cara.
-Ah, bien. Tuve un problemita con tu número. Es que mi hermano se llevó mis pantalones y con ellos el número –la mentira, aunque mínima, parecía necesaria- sino te hubiera llamado antes.
-Todo bien. ¿Terminaste la facultad?
¿La facultad? Matías nunca dijo nada de facultades, ni siquiera lo pensó. ¿Cómo es que se sabía nada de sus estudios? ¿Acaso Julia lleva consigo el germen de la destrucción del narrador omnipotente?
-Bien, bien. Terminé hace un par de semanas, pero no quiero hablar de eso, por lo menos ahora que estoy en vacaciones...
Mmm. Ese tema parecía convertirse en materia de codicia. ¿Que sería lo que estudiaba Matías?
-Bueno Matí, ¿te parece que nos veamos el fin de semana? No te digo ahora porque estoy un poco ocupada, pero me gustaría que nos veamos un rato, para charlar, obvio. ¿Te gusta la idea?
-La idea no hace otra cosa que gustarme –Matías tenía un flojo conocimiento acerca del uso del doble sentido, pero Julia se lo dejó pasar- Veámonos el sábado. ¿A donde cuando?
-El sábado, el sábado, no pongamos horas. Nos vemos en Serrano. ¿Sí? Yo te busco, vos me buscas, no podemos perdernos.
-Me divierte la idea.
-Claro, así podemos evitar a los espías. ¿No te parece?
-Si, los espías. Nos vemos entonces.
-Si, nos vemos –casi cortando Julia terminó con...- un beso, clanc.

Ahora la sospecha. ¿Por qué quería Julia divertirse de esa manera con Matías? ¿Que se dijeron aquella noche en el bar para que conserven el tono de confianza de la conversación?

27.12.04

Una voz en el teléfono.

El hermano de Matías tenía muchos defectos: sucio, desordenado, vago, conservador, cierta tendencia al delito financiero... pero algo los unía... El desorden.
Con todo logró que prenda la computadora y saque de allí, solo con la dirección de Julia, como dato, su teléfono. Fue mas fácil de lo que Matías pensó. Como si alguien, mas allá de él, hubiera querido que así fuera. Pero no pudo pensar mucho en eso por su increíble resistencia a pensar que existía algún tipo de Dios que regulaba nuestras vidas o que, mejor aún, no las regulaba.
Ahora venía lo peor. Tenía que llamar a Julia, presentarse sin hacer papelones y hacerle acordar quien era él; aquel de unas noches atrás que la acompañó a su casa y no se animó a mucho mas que eso.
¿Que podría decirle? No era esta ninguna tarea simple para Matías. El pensaba que cada signo podría ser correctamente malinterpretado. Cada una de sus palabras podría ser interpretada de una manera diametralmente opuesta sino la acotaba con un mar de aposiciones explicativas que, al final, terminaban haciendo mucho peor todo.
Podría decirle que la pasó como nunca antes aquella noche. Pero eso podría interpretarse como que él tenía una vida en la que las mujeres pasaban desde lejos y sin mirar. Y no estaba mal pensar eso porque era casi real. ¿Pero quien quiere dar esa imagen?
Podría decirle que estaba sin nada que hacer y por eso decidió llamarla. Pero eso llevaba consigo un tono inevitablemente despectivo y sobrador. Ella podría pensar que era la sobra de la recreación de Matías, apenas un divertimento telefónico y el no hubiera querido eso.
Podría hacer lo inverso. Decir que estaba ocupadísimo y se había hecho un momento para hablar con ella porque la había pasado tan bien esa noche que se había quedado con muchísimas ganas de hablar. Pero eso podría interpretarse como una propuesta de matrimonio casi. ¿Quién declara tanto en apenas un llamado telefónico que era un segundo contacto?
La paranoia alcanzó niveles altísimos en ese momento. Y mucho más cuando Matías recordó una de sus citas favoritas, de Eduardo Mallea: "Una vida cabe en muy pocas palabras. Estamos llenos de un perpetuo discurso sobre nosotros mismos, pero, vistos desde afuera, cabemos en el más breve juicio". Es decir que por mas que se esfuerce en dar una imagen apenas justa de su persona, Julia podría cerrar toda su presentación con apenas un “idiota”.
No valía la pena preocuparse tanto. ¿Que hubiera hecho Malísimo en esta circunstancia? Malísimo no hubiera estado en esa circunstancia. Seguramente, si Matías fuera Malísimo, Julia estaría llamándolo en ese momento. Sin ningún tipo de retraso.
Ah, Malísimo. ¿Cuándo podría ir a verlo? Al día siguiente seguro que no, se lo había pedido explícitamente.
Entonces, ¿y la llamada?
Lo mejor era la espontaneidad. Ella lo llevó hasta el momento de conocer a Julia y eso mismo debe haber sido lo que le gustó de él. Después de todo era una llamada de teléfono:

-Hola...¿con Julia por favor?
-Si, soy yo. ¿Quién es?

26.12.04

El narrador justiciero.

Matías llegó a casa preocupado, con la única intención de encontrar el papelito con el número de teléfono de Julia.
Buscó por toda la casa hasta caer en cuenta de que el pantalón estaba para lavar. En ese momento ya descansaba colgando desde las botamangas en la soga del fondo. Y en el bolsillo solo el testimonio de que, alguna vez, hubo un papel. Solo trocitos dispersos de pulpa pegados a la tela interna del pantalón.
Idiota por acá, imbécil por allá, ya no se podía hacer nada. Lo único que quedaba era ir hasta el pub de aquella noche y rehacer el camino desde ahí hasta la casa de Julia. Aparecer en la casa sería una jugada arriesgada, pero la única posible.
Es una lástima que Matías nada supiera de la existencia de las guías telefónicas en CD-ROM. En las que uno ingresa una dirección cualquiera y el sistema devuelve el numero telefónico de esa dirección. Es una lástima que nada se pudiera hacer por él, ¿ni siquiera el narrador?
Emprendió la marcha en uno de esos días de verano rumbo al pub que, estrictamente cerrado, se aprovisionaba de cerveza con la ayuda de dos bestias humanas que descargaban cajones y cajones de cerveza desde un camión que lucía el nombre de una reconocida tribu indígena del norte argentino. Se paró en la puerta, como si saliera del lugar (aunque a los cinco segundos de ubicarse ahí, los grandotes lo invitaron a moverse, con un empujón) y orientándose minimamente empezó a caminar.
Una cuadra, dos cuadras, tres, cinco siete. Y al fin llegó. La casa era reconocible por la reja. Tenia arabescos en cada uno de los barrotes. Pero Matías esperó a una distancia prudencial porque había una camioneta que estaba repartiendo algo en la casa vecina, y por lo que parecía, se dirigía a la de Julia.
Para poder espiar Matías encontró un lugar que le permitía pasar desapercibido en la ligustrina desprolija del vecino de Julia.
El repartidor tocó el timbre. Salió de la casa alguien que tranquilamente podría ser la madre de Julia para recibir el paquete.
-¿Cómo le va doña? Acá le traigo la guía.
-Ah que amable.
-Mire: le puedo dejar la guía esta, la de siempre, o le puedo dejar el disquito este.
-¿Y eso que es? –preguntó la supuesta madre de Julia.
-Yo no sé nada de esto doña, pero me dijeron en el reparto que este disco tiene lo mismo que la guía de papel. Y que si usté la pone en la computadora puede sacar los datos de ahí.
-¿A si? ¿Y cuanto sale eso?
-No, nada señora, si usted me quiere dar algo para los muchachos me lo da, pero no sale nada. Es lo mismo que la guía. Lo que si me dijeron en el reparto con este cosito usté puede poner una dirección cualquiera, si no sabe el nombre del tipo que está buscando y le sale el teléfono. ¿Me entiende?
-Que bueno. Está bien, déjeme el disco entonces porque mi hija entiende de estas cosas, y la guia ya me ocupa mucho lugar en el estante del teléfono. Acá tiene, gracias.
Matías comprendió que alguien le estaba dando una ayuda. Una pena que no agradeció nada.
Pero mientras la madre de Julia inspeccionaba el CD entendió que con uno de esos podría conseguir el teléfono de la manera mas simple. Su hermano debería saber como conseguir uno.

Asociación libre.

-Isabel fue muchas cosas, fue fundamentalmente la mujer que amé toda mi vida. La persona en que pensé durante cada minuto de mi existencia. Muchas veces me comporté mal con ella, pero eso nunca cambió nada. Nunca dejó de ser todo para mí, nunca desde aquel día de mi juventud.
-Pero... Malísimo, ¿No me querés contar como la conociste?
-No quiero contarle nada. Pero no porque lo odie, usted sabe que no es así. Todo eso que se dice acerca de mí, lo fomenté yo mismo. No me gusta mi vida. No puedo hablar de mí mismo porque me canso. Me canso de mi personalidad, a veces me molesta escuchar mis propios pensamientos, quisiera salir de mí. Pero cuanto más lo deseo peor me siento. Por ese motivo, intentando dejar de ser yo, cometí muchos de mis errores.
-Entiendo. Te agradezco –Matías intentaba conservar el tono intimo y confesional de la conversación, pensaba que pestañear de manera equivocada podría sacar a Malísimo del trance, en un primer momento fomentado por el whisky y después quien sabe por qué- pero ¿cuales fueron esos errores? Porque yo leí mucho acerca tuyo y nunca supe nada de Isabel ni de las cosas que me estas contando.

Malísimo cambió de expresión y se afirmó. Matías sintió que la fuerza que motorizaba ese extraño proceder del poeta se había esfumado. En un instante la rigidez le volvió al cuerpo.

-No se confunda. ¿Cree usted en todo lo que lee? Es común eso en gente como usted que sufre del mas delicioso de los defectos: es joven. Yo tuve su edad y cometí sus mismos errores. No crea en todo lo que lee, mis biógrafos eran amigos míos. Y si; eran amigos míos por inteligentes y creativos. En otras palabras, todo lo que leyó usted es ficción, ninguna de todas esas cosas geniales que están en los libros pasaron. Pasaron otras que usted, con suerte, nunca sabrá. Ejercítese e intente pensar que no todo lo que lee tiene que tener el signo de lo verdadero. No confunda realidad con verosimilitud.
-Si, pero...
-Eso es todo lo que le voy a decir por hoy. Ya hablé demasiado. ¿No le parece? No crea que no me doy cuenta de que estoy borracho. Yo mismo destapé esta botella y me hice de su contenido con ese fin. Así que, le repito, no crea que no me doy cuenta. Sin embargo le voy a decir una cosa mas: venga otro día, quiero mostrarle algunas cosas. No mañana ni pasado porque necesito tiempo para pensar. Pero vuelva en tiempo, lo estaré esperando. Y no crea que siempre seré tan cortés.

Matías se fue de la casa de Malísimo mas que satisfecho. En primer lugar consiguió entrar y enterarse de mas cosas de las que tenia pensadas. Y en segundo lugar logró poner de mejor humor al poeta, sacarlo apenas de la depresión.
La investigación acerca de Malísimo estaba dejando de ser una simple investigación para convertirse en un aprendizaje de quien sabe qué. ¿Que sería lo que el poeta quería mostrarle?


Matías comenzó a caminar rumbo a su casa. Ya era tarde y tenía que organizar algunos textos. Mientras caminaba levantó la vista y vio un cartel de una película acerca de un pececito que se veía muy gracioso. Y un rayo lo recorrió de pies a cabeza cuando leyó el titulo en el afiche: Buscando a Nemo – Nemo – 20000 leguas – Viernes – Verne - ¡Julia!.
El nombre Julia rebotó en cada neurona de Matías. Mientras tanto, en ese mismo momento a unas cuadras, dentro de un lavarropas, el papel con el teléfono de Julia terminaba de desintegrarse.

23.12.04

Isabel.

Un estallido mojado, porque la botella lo casi lo rozó y estallo contra el marco de la puerta, salpicándolo de Whisky. No olía para nada mal, lo reconoció, pero nadie “creería su historia”, pensó Matías.
Malísimo estaba tirado en el piso contra una pared, alejado de su cama y notoriamente desmejorado. Su cara estaba cubierta por sectores con una barba gris que no se animaba a crecer del todo. Las arrugas parecían aun mas profundas que de costumbre y los ojos estaban húmedos de lágrimas.

-¿Cómo te va, Malísimo?, parece que no tuviste una buena noche.
-¡A usted que le importa! ¡Dije claramente que no quería que lo dejen pasar! ¡Matilde!
-Dejá, no quiero hacerte enojar. Vine a verte porque el otro día te hice enojar y no quiero que estés enojado conmigo, vine a pedirte disculpas.
-¿Ah sí? ¿Y de qué se disculpa? –Malísimo estaba borracho pero cuerdo todavía
-Mmm, ya no sé. No sé porque te pido perdón. Lo mejor que puedo decir es que no quiero que estés enojado y más que pedirte perdón, lo que me gustaría es pedirte que me des una oportunidad de conocerte, solo hasta donde vos me dejes.

Malísimo lo miró extrañado y comprensivo. La depresión debería haberlo ablandado porque Matías no le conocía esa expresión de aceptación. Quizás si hubiera pasado una semana en el cosmos, quizás algún big-bang metafísico afectó la vida del viejo. Algo mas allá de la razón y de lo conocido lo afectó, cambiando su manera de pensar y de ver el mundo.
O... acaso... estaba borracho.
Malísimo dejó de gritar y sacó a la luz un retrato con una foto de una mujer que tenía debajo de una manta que se extendía desde la punta de la cama hasta el lugar donde el estaba.
Era un portarretratos grande, con un marco delicado y, dentro, la foto de una mujer muy hermosa. Una foto vieja y amarillenta que contenía capturada en si la imagen de una mujer imperecederamente bella.
Matías le preguntó quien era esa mujer. Si había sido su esposa. Pero Malísimo soltó una breve sonrisa y le preguntó porque tenia que ponerle una nomenclatura a todo. Porque esto tenia que ser una esposa, aquello una novia y lo demás una simple atracción.
Esa mujer, según Malísimo, era todo lo que él pudo querer. Y como quiso muchas cosas, ella era, así de simple y complicado, muchas cosas.

-Dígame una cosa –preguntó Malísimo- ¿Usted sabe algo de cine?
-Mmm, mas o menos. Algo sé, pero no mucho.
-Bueno, esta, entre otras cosas, fue... ¡No, es, y siempre será! La actriz mejor y más bella de toda Latinoamérica.

Malísimo agarraba el retrato con las dos manos cuando hablaba de esa mujer, le hablaba a los ojos. Matías le preguntó como se llamaba esa mujer tan conocida para el mundo y, totalmente desconocida para él. “Isabel”, respondió el poeta.

22.12.04

¿Una semana?

¿Qué hice ayer? ¿Qué pasó? Pensaba Matías mientras hacía el esfuerzo de empujar la torre de pizza cuesta arriba del Aconcagua pero solo para levantarse. No lograba recordar con exactitud los hechos del día anterior. Sintió haber estado ausente del mundo durante una semana, como si simplemente no hubiera existido. Y podía ser, porque todavía no sabemos del todo cuanto dura la realidad y donde está. ¿Cuánto dura un sueño? ¿Y si toda la vida fuera un sueño? ¿Y si los sueños fueran la vida?
Estaba dormido, en esos momentos se le ocurrían sus mejores ideas que huían de su cabeza instantáneamente mientras el salpicón de agua sobre la cara lo despabilaba en el lavatorio.
Pero hubo algo que tenía que hacer, tenía que volver a ver a Malísimo. Apenas dos días atrás lo había echado de su casa, pero si el tiempo para Matías transcurrió de manera tal que sintió una semana en su reloj interno...cómo no podría haberle pasado lo mismo a Malísimo.
Se vistió con lo primero que encontró, alguna bermuda que lo acompañaba desde hacía años y alguna camisa ligera. El pantalón de “anoche”, con el número de Julia, descansaba, mientras tanto, en el cesto de la ropa sucia, con destino al lavarropas. ¿Tendría miedo el papelito de perecer ahogado?
En la entrada de la casa de Malísimo todo estaba como siempre. Es decir, no había nada que diga que en esta época del año se celebra la navidad en este país, de mayoría católica.
El timbre sonó fuerte y después de algunos minutos, Matilde, la señora que mantenía funcionando a la casa de Malísimo y a Malísimo mismo abrió la puerta.

-¿Cómo te va Matías? –preguntó Matilde
-Bien, Matilde. ¿Usted? –continuó Matías sin esperar la respuesta- ¿Está Malísimo? Vine a verlo porque la ultima vez que vine se enojo un poco. Como ya pasó un tiempo pensé que capaz estaba mejor.
-Mirá Matías, Malísimo, como vos le decís, me dijo que no te dejara entrar. Pero eso fue hace tanto tiempo... Va, fue hace dos días, pero a mi me parece como si hubiera pasado una semana, ¿viste? Como si el mundo se hubiera quedado quieto.

Matías pensó en hacerle algún tipo de comentario al respecto del estatismo (de estático y no de estado) del mundo. Pero nanosegundos más tarde se arrepintió, en parte porque no importaba y en parte porque no quería parecer un loco.

-¿Entonces puedo pasar?
-Si, pasá. Él está arriba, encerrado en su pieza. No sé porque no sale. Creo que está mal. Andá y fijate si por lo menos lo podés hacer gritar un poco, así sé que está vivo...
-No hay problema, para eso soy bueno, gracias.

Matías entró delante de Matilde, subió las escaleras rumbo a la habitación de Malísimo y toco la puerta. No respondió nadie. Volvió a tocar con el mismo resultado. Al fin decidió pasar sin permiso.
Cuando entró se llevó la sorpresa, el estallido al lado de su cabeza.

15.12.04

My funny valentine.

Tenía una belleza lejana de lo convencional. Extraña y convincente al mismo tiempo. Era hermosa, pero no hermosa así como así, era hermosa diferente, sorprendente.
Matías se sentó y Greco lo presentó. La chica de Greco se llamaba Claudia y Julia la que él debería entretener.
La cerveza llegó a la mesa y comenzó la partida. Greco se concentró en su objetivo y con pose de seductor puso todo de sí para conseguir su presa. Matías en cambio, que no tenía nada que perder, se tomó las cosas con calma y se permitió la heterodoxia, que en el caso de los hombres, es “la verdad”. No tenía necesidad de mentir. En realidad nunca mentía salvo algunas excepciones en las que su virilidad era puesta en duda, pero no lo hacía frecuentemente.
Poco a poco el trabajo de Greco fue haciéndose cuesta arriba. Claudia hacia poco mas que bostezar y había ido mas veces al baño que en cualquier otra noche de su vida. Por su parte, Matías ni notaba el paso del tiempo. Julia se reía una y otra vez de sus chistes. El alcohol le regaló la pizca de locuacidad imprescindible para convertirse en todo un conversador.
Se estaba llevando la noche en el bolsillo.
Poco a poco Claudia quiso escapar del monopolio que Greco tenía sobre ella para poder meterse en la conversación de su amiga con Matías, que parecía tan entretenida, pero no pudo. No por hostilidad de los participantes, sino porque no había lugar para alguien más. Algo estaba pasando allí.
Mas adentro en la noche una especie de mago, cruza de saltimbanqui y animador empezó a recorrer las mesas. Se acercó a la de Matías e hizo su pequeña rutina:

-Buenas noches, chicos –dijo el mago-

Claudia en ese momento ya bostezaba deliberadamente y estaba notoriamente separada de Greco que ya no sabía mas que hacer. Matías y Julia, en cambio, conversaban cara a cara y a las carcajadas.

-Continuó el mago- Y para que esta noche sea inolvidable aquí tiene, un recuerdo para tu amor.

El mago con un rápido movimiento de manos hizo un fogonazo en el aire que dejó impresionado a los cuatro jóvenes. Convirtió esa llamarada en una hermosa cala y se la ofreció a Matías diciéndole:

-Para su novia.
-Pero si es mi hermana... –respondió Matías inesperadamente. Ni siquiera él supo que iba a decir eso, solo salió de su boca-

Las carcajadas estallaron en la mesa. Julia no podía parar de reír, el mago, desencajado, se dio media vuelta y se fue resignado por haber perdido el favor del publico y una buena propina. Claudia le pidió a Julia que la acompañara porque quería irse, ignorando las repetidas suplicas de Greco para sentarse.
Julia le dijo que se fuera, que quería quedarse conversando con Matías. Greco, entonces, hizo lo que pudo, le ofreció llevarla a la casa. Claudia se negó escapó en un remis. A los quince minutos Greco se subió a su auto y partió dejando solo a Matías con Julia. Ellos siguieron conversando hasta que amaneció y los invitaron a retirarse del lugar con una sonrisa.
Matías acompañó a Julia hasta su casa, fueron caminando y riendo todo el camino. Es en esas circunstancias donde los temas jamás se agotan y todo fluye sin que nadie lo decida. Podrían haber conversado horas y horas mas sintiéndose las personas mas felices del mundo.
Al fin llegaron a la casa de Julia. Se despidieron con un beso en la mejilla simplemente porque Matías era un poco, solo un poco, cobarde y nunca hubiera intentado un beso en un primer encuentro que era fortuito. Y además bajo la luz del sol de la mañana. No era su estilo simplemente. Esto no molestó a Julia que le dejó su numero con la recomendación de volver a verse “uno de estos días”. Sin decir que no podía esperar hasta mañana.
Matías se fue sin saber que, quizás, estaba enamorado.

13.12.04

¿No podría ser una gran noche?

Matías inició el procedimiento ritual para el tipo de tarea que tenía por delante: tomó una ducha de veinticinco minutos con la esponja vegetal, esa que descansaba eternamente en el soporte de alambre de la ducha. No quiso siquiera sospechar cuantas ciudades de bacterias podrían habitar allí, la usó sin más. Abrió el frasco de la crema enjuague de la que casi nunca se acordaba y embadurnó generosamente su cabezota.
El rito terminó con una afeitada, aplicación de desodorante por aquí y por allá y, al final, la selección de la prenda mas adecuada. La prenda mas adecuada no era la que destacaba alguno de sus atributos físicos o que lo hacía parecer mas atractivo sino aquella a la que le tenía especial cariño, especialmente su camisa amarilla con cuadritos escoceses.
Terminado todo el asunto se dirigió hacia la casa de su amigo Greco para salir juntos desde ahí hacía el teatro de operaciones.
Greco lo esperaba completamente listo, como pocas veces había pasado. Era de esos tipos que le dicen a uno “a las 8” pero llegan a las 11. Aparentemente, esta era la excepción, tanto despliegue bien merecía su buena recompensa.
Subieron al auto de Greco –Matías no tenía uno, por propia decisión- y llegaron en pocos minutos al lugar.
Ellas no estaban. Eso tenia tanto su lado bueno como su lado malo. El malo era que si no habían llegado hasta ese momento bien podrían no llegar mas en toda la noche, pero esa era una idea para el lado pesimista del equipo, para Matías. Por el otro lado el aspecto positivo era que los dos casanovas podrían elegir la locación que quisieran, la mesa mas conveniente.
Eligieron una mesa que tenia las siguientes características:

• mas de cuatro metros del parlante mas cercano.
• contra la pared.
• lejos de la vidriera que daba a la calle, para no ser reconocidos y para que ellas no se encontraran con amigas.
• ligeramente apartada del baño de caballeros para no propiciar la circulación de “masculinos” y así fomentar la competencia.
• cerca de la barra, para poder pedir bebida en cualquiera de sus formas a discreción sin tardanza y así poder escapar rápidamente de cualquier momento incómodo.

Una vez instalados estuvieron de acuerdo en pedir una botella de cerveza que les daría esa actitud casual y relajada que necesitaban. Ellas no deberían pensar que estaban esperándolas a ellas exclusivamente sino que podían mantener una conversación de caballeros.
Por último, y antes de la llegada de las señoritas, las palabras de Greco que animaron a Matías:

-Si haces algo mal y no me la levanto por tu culpa te rompo el culo a patadas.

Después de semejante recomendación Matías no tuvo otra opción que tragar saliva y pedir el auspicio de cualquier divinidad que hubiera salido un viernes a la noche y que anduviera por ahí repartiendo prodigios.
Se preguntaba por dentro, al tiempo que Greco adoptaba posiciones de maniquí a la espera de las señoritas, qué hubiera hecho Malísimo en esa circunstancia. Primero pensó que hubiera escrito alguna que otra cosa bella y con esa la hubiera conquistado. Pero no, eso es kitsch, digno de un estúpido, hubiera dicho Malísimo. Él, seguramente, no hubiera llegado a esa instancia. Era un hombre “de mundo”, curtido, como se dice, él no necesitaba de esas cosas. Tendría que ir a verlo cuanto antes si no quería perder su confianza.
Los dos vasos de cerveza encontraron un lugar confortable en la vejiga de Matías y tuvo que levantarse para dar una vuelta por el baño. Greco esperaba nervioso.
Matías encontró una cara medianamente agradable en el espejo del baño y dándose un poco de ánimo volvió a la mesa.
Greco conversaba con una chica a su lado. De espaldas a Matías, en la mesa, esperaba otra. Greco lo llamó haciéndose el canchero, “vení, pibe, vení”. Mientas Matías caminaba la chica se dio vuelta.

12.12.04

Un fracaso no es caida.

-Mirá –comenzó la chica sin nombre- me avanzaron muchas veces. Algunos intentos fueron muy efectivos, como aquella vez que un tipo completamente desconocido me detuvo en la calle y me regaló un ramo de flores que era más grande que yo. Me acuerdo de la vez que mi novio me hizo llegar por correo todos los días, durante un mes, una parte de un collage inmenso que terminó siendo una imagen mía.
-Eh... –Matías simplemente no podía modular-
-Pero esto, no sé. Me parece que no tengo palabras. Nunca me había pasado.
-¿En serio? –atinó el que ya se veía como el héroe de la poesía urbana-
-Si, en serio. Nunca me habían avanzado de una manera tan pero tan pelotuda. Chau, imbécil.

Pocas cosas se pueden responder a eso. Matías quedó literalmente duro por aproximadamente cuarenta y cinco minutos agarrando sus libro con las dos manos y con la mirada perdida, casi sin pestañear mientras intentaba reconstruir lo que le había pasado.
Siempre tuvo algún que otro problema con el rechazo femenino pero nunca uno tan frontal. Caminó hasta su casa y quiso comer algo, pero no pudo. ¿Sabría esa chica que le había arruinado tantas horas a un pobre infeliz que no sabía que hacer con su vida? No, seguramente no lo sabía.
Apenas llegó a su casa y se duchó. Era viernes e inevitablemente sonaría el teléfono.
Sonó el teléfono.

-Hola.
-Hola, ¿con Matías?
-Soy yo.
-¿Qué haces titán, maestro, genio? –la voz de Greco, uno de los amigos de Matías era inconfundible en el teléfono-.
-Bien, bien. ¿Vos?
-Increíble, no podría estar mejor.
-Que bueno. ¿Que necesitas Grequito?
-Che, como si te llamara solo cuando necesito algo –regañó Greco del otro lado-
-¿No necesitas nada?
-Mmm, bueno si, pero solo por esta vez, necesito que me hagas la gamba. Tengo que encontrarme con una mina hoy a la noche. El tema es que va a ir con una amiga y...
-No, ya te digo que no.
-Dale Titán, te necesito. Tenés que sacarme de encima a la amiga. Si no estoy al horno.

Matías no era el mejor para la vida nocturna. O si. Para lo que no era el mejor era para ir a los lugares que iban los chicos de su edad, el se decía secretamente, frente al espejo: “Vos estas para mas”, y se reía. Tuvo que aceptar porque Greco era uno de sus principales acreedores tanto de favores como de dinero. No pudo decir que no.
Se encontró esa misma noche con Greco en su casa y recibió la lista de tareas de su amigo. La operación era muy simple: iban a encontrarse en un pub de moda, ellas estaría sentadas en una mesa o, quizás llegarían más tarde que ellos mientras estaban sentados esperando. Había algunas alternativas: Matías debía recorrerlas todas desde la mayor a la menor. Primero debía intentar “sacar” de la mesa a “la amiga” con cualquier tipo de señuelo: baile, pool, lo que sea. Si eso no fuere viable debía enredarla en sofismas para impresionarla y propiciar el aislamiento: Greco con su presa charlando solos y Matías con “la amiga”. Y si nada fuera posible debía intentar con el ultimo recurso: seducirla.

10.12.04

Banco de plaza.

El día se mostraba esquivo, esquivo como para comenzarlo pero mucho mas para terminarlo. Hay días en lo que simplemente el universo nos odia, como si tuviera la capacidad para hacerlo o como si simplemente tuviera capacidad.
Matías se levantó con un lejano recuerdo ya de lo que había pasado con Malísimo el día anterior. Recordaba algunos gritos que a cada segundo mas lejos del sueño se iban reconstituyendo.
Malísimo lo echó y por eso no podría volver ese día mismo a verlo, tendría que esperar un tiempo para que se le pase el enojo o para que pudiera asimilarlo.
Fuera de los estudios Matías estaba un poco perdido, fuera de los salones de clase y esperando aún por esa llamada “del trabajo”. Pensó en ir a ver a alguno de sus amigos, pero nunca estaban, era una completa perdida de tiempo. Y los que estaban era, como el los llamaba “miembros productivos de la sociedad”, en otras palabras, si tenían trabajo. Y como toda persona que tiene trabajo, apenas llegaban a casa estaban repletos de tareas agotadoras como por ejemplo mirar televisión hasta dormirse. Eso sí, para levantarse temprano al siguiente día, bien descansados, para poder hacer lo mismo al día siguiente.

-Ah, como me gustaría tener una vida así, tan maravillosa –dijo Matías mientras subía la persiana, acomodaba, pero no tanto, la ropa tirada por el suelo y decidía solemnemente irse a leer a la plaza-.

La plaza tiene el mérito de ser un lugar completamente solitario y no serlo en lo absoluto. Allí se puede leer lo que sea sin que nadie moleste y, lo más importante, sin que suenen los teléfonos.
Tomó entonces un par de libros y salió con su rumbo ya decidido. Pero no agarró cualquier libro sino que eligió dos cuidadosamente. En primer lugar uno de Malísimo, no podía ser de otra manera. Se llamaba “Sed Feliz”, el libro de Malísimo que más le gustaba y que jugaba con él ya desde el titulo mismo. En segundo lugar eligió “Spoon River Anthology” de Edgar Lee Masters. Un libro muy peculiar porque cada uno de sus poemas es un epitafio de los habitantes muertos de un pueblo llamado ficticio “Spoon River” y a partir de esos epitafios se puede reconstruir la vida de esa ciudad.
Cuando llegó a la plaza se encontró con que no había ningún banco completamente libre. Entonces meditó unos segundos y llegó a la conclusión de que lo más inteligente era sentarse en el que contenía a la chica mas atractiva. Se sentó, entonces, y “estiró las patas” para estar cómodo y ostentar, a su vez, su calidad de habitué de esa locación.
Empezó a leer en cuanto pudo encontrar una posición mas o menos cómoda respecto al sol primaveral que no hacía otra cosa mas que molestarlo. La chica descansaba de algo. No supo bien de qué porque no parecía una ejecutiva salida de la oficina para tomar aire ni tampoco una deportista finalizando un decatlón.
Y le pasó lo que siempre le pasaba cuando se concentraba. Empezó a leer en voz alta, al lado de la chica, en la plaza y poesía, por si fuera poco. No leía a los gritos sino con el volumen suficiente para oír las propias palabras, para sentir que le están leyendo a uno...

de arriba haciabajo
la sombra me persigue
la persigo
y me persigo yo
tu sombra es mi sombra
otra vez ahí.
Y mañana viene
otro asesino mediodía.

Cuando terminó el poema tomó aire como si hubiera hecho un esfuerzo físico. Levantó la cabeza, que parecía tener adornada con una corona de laureles. Y cuando vio la cara de la chica fija sobre él no pudo evitar ponerse del color del concentrado de frutilla.
La chica lo miró y le dijo:

-¿Sabes qué?
-¿Qué? –contestó Matías.

9.12.04

La carta robada.

Amor mío:


Te he extrañado tanto como no te imaginas. ¿Quién pensaría que me enamoraría tan perdidamente de un hombre como tú? Desde que te conocí he quedado hipnotizada, pero bueno, eso ya te lo he dicho mas de una vez.
Estoy actualmente ensayando “La orestiada” para estrenarla con la compañía el mes próximo así que las jornadas son intensísimas, tu sabes.
Cada día pienso en ti... ¿serias tú mi amante, mi Egisto? Bueno, ya lo eres, jamás me enamoraría de Agamenon, ¿quien podría?
¿Que hay de aquel libro que estabas a punto de publicar? ¿Por qué no me escribes mas seguido? Estoy muy pendiente de que vuelvas cuanto antes a México y te quedes como me prometiste aquella noche. Ya, y aunque los ame, no me alcanzan tus poemas, necesito de tu presencia cerca de mí.
Espero ansiosamente tu respuesta. Y te escribiré mas extensamente en cuanto tenga algunas horas libres.

Primero mia y luego eternamente tuya, Isabel.


Matías estaba sorprendidísimo con el hallazgo, en lugar de encontrar una boleta de impuestos encontró una carta de amor de hace treinta y seis años, con eso tenía para varios días de investigaciones. Sin embargo, todavía no sabía el nombre de Malísimo, aunque si su apellido y el origen de su seudónimo, lo que no era poco.
Volvió a poner todo en su lugar de la mejor manera posible. Incluso repartió el polvillo que quedaba sobre la superficie del cartapacio para que simule estar como en el primer momento. Después de todo si el dinero estaba allí tarde o temprano lo buscaría.


-Dígame joven –dijo Malísimo ya instalado de vuelta en el sillón- ¿qué era lo que usted quería saber acerca de ese viejo poema mío?
-Eh... ¿cómo?
-No me irrite, le estoy ofreciendo ayudarlo en lo que me pidió el primer día que vino a tocarme la puerta. Piense que no siempre voy a estar dispuesto a ofrecerle mi ayuda, no me encontrará de este buen humor eternamente.
-Si, disculpame. Pero no es eso lo que quiero saber hoy. Estuve leyendo algunas cosas y me enteré de que estuviste en México en los sesenta. Quisiera que me cuentes un poco de ese o esos viajes que hiciste.
-Ha tocado algo de lo que no quiero hablar. Otra vez parece equivocarse irremediablemente. Me niego a hablar de México.
-Pero –insistió el preguntón- ¿usted estuvo en México, no es así?
-Si estuve en México, como también estuve en Estados Unidos, España, Francia, Japón, Alemania, Inglaterra, Brasil, Perú, Grecia, Italia, Dinamarca, Rusia y tantos otros lugares mas que hoy no recuerdo.
-Si, pero lo que a mí me interesa especialmente es el viaje a México en los sesenta. Por favor se lo pido, quiero saber algunas cosas.
-Ya le dije que no quiero hablar de eso. ¿Acaso no entiende? ¿Quiere que lo eche de mi casa otra vez?

Matías estaba aterrorizado. Por primera vez el viejo decía algo mas que insultos, si no lo intentaba quizás nunca mas podría lograr nada. ¿Que hacer? Decidió por fin...

-Malísimo, discúlpeme, pero necesito saber. ¿Quién era Isabel?
-¿Usted cómo sabe eso? ¡¡¿Cómo carajos sabe eso?!! ¡Fuera de mi casa!

El portazo sonó mas fuerte de lo que recordaba desde la última expulsión. Matías perdió esa vez pero iba a volver, quizás no mañana o pasado mañana pero volvería.

8.12.04

W. Maaleezim.

Era de un verde musgo, pero si tuviera que definirlo con un poco mas de exactitud lo hubiera llamado “verde viejo”. Pero no era tan fácil, el objeto estaba en la cima de una pila de libros que si bien no era demasiado alta, tenia su base sobre un mueble que presumía de su buen metro y medio. No era imposible llegar hasta él, pero era complicado evitar el derrumbe porque algunas otras cosas, libretitas chiquitas, estaban arriba del cartapacio.
No obstante, dispuesto la aventura, el decidido investigador se subió a una silla. Tiró con mucha suavidad del cartapacio... la pila osciló, pareció caerse, pero una mano a tiempo evitó el desastre. Pila sólida y cartapacio en mano, todo era cuesta abajo.
Tenía una traba de metal que se corría para abrir y por su dureza denotaba que el año de fabricación no estaba en ninguno de los que Matías había vivido.
Ruidos en el corredor del baño. ¿Que hacer con eso en las manos? Malísimo sería capaz de cualquier cosa. Debió esconderlo en el primer lugar que pudo: bajo el sillón donde estaba sentado, en la sala misma.

- Ah, ese baño, tengo que llamar a ese descarado del plomero otra vez. Creo que cuando venga lo voy a convidar con agua envenenada así de una vez por todas dejará de arruinarme la vida. ¿Que le parece?
- Mmm, sí, claro. Yo todavía no maté a nadie así que no puedo opinar.
- Pero no sea idiota, que yo tampoco maté a nadie, todavía. ¿No entiende una simple ironía? ¿Cómo puede hacer un trabajo sobre poesía si no entiende una simple ironía?
Matías temblaba por dentro. Malísimo le exigió que saliera de su sillón favorito, debajo del cual estaba escondido el cartapacio. Era una suerte la delicada situación intestinal que el viejo estaba atravesando, ella se había llevado de su sensibilidad en cierta parte del cuerpo. La carpeta era bastante rígida por lo que en otras situaciones no habría sido difícil darse cuenta que estaba bajo el almohadón.

- Dígame una cosa: ¿No me habrá hecho usted a mí lo que yo quiero hacerle al plomero, con el té que preparó hace rato?
- No, cómo se te ocurre. Quiero decir, cómo se le ocurre.
- ¡No se me ocurre un carajo!, -contestó inflamado Malísimo- lo estoy sintiendo en las tripas.
- No sé que decirte, ¿te sentís muy mal?
- Bah, déjeme de...

El viejo se levantó contrariado por su zona baja y otra vez eligió pasear por el pasillo que terminaba en el baño. Apenas se cerró la puerta Matías sacó el cartapacio de debajo del almohadón y lo abrió.

- ¡Mierda!, -gritó Matías casi por reflejo. Apenas el grito salió de su boca maldijo por dentro temiendo haber llamado la intención del viejo.-
- El viejo contestó desde dentro del baño- ¿Qué quiere?, estoy en el baño, si no le gusta vayase.

Matías sonrió y suspiró.
El cartapacio tenía dentro un fajo muy grueso repleto de billetes de cien dólares. Ahora sabía cual era la fuente, por lo menos inmediata, de su fortuna. Debajo del fajo de billetes había un sobre de correspondencia dirigido a “W. Maaleezim”, remitida por Isabel Salzmann. Franqueada en México el 20 de agosto de 1968.
Ahí estaba el origen del nombre. Después de todo no había sido tan ingenioso el viejo con su seudónimo o quien se lo hubiere puesto. Pero la W, ¿qué significaba?
Matías abrió el sobre y sacó de él un par de hojas muy amarillentas y ajadas, era difícil no romperlas. Comenzó a leerlas y.

7.12.04

El cartapacio.

-¿Cómo estas Malísimo?
-¿Otra vez con lo mismo? ¿Que clase de fijación tiene con saber permanentemente como estoy? ¿No es obvio cómo estoy que tengo que andar aclarándoselo cada vez que lo veo? No me moleste.
- Tenés razón –admitió Matías-, es una costumbre que me cuesta sacarme de la cabeza. A veces pienso en eso y me pongo como meta controlarlo, pero como todo, al final me olvido. A veces me doy cuenta de que repito mucho tal o cual palabra, pero a la hora de corregirlo, siempre salgo perdiendo.
- Entonces, cada vez que incurra en el error le voy a dar un sopapo. ¿Que le parece?
- No, dejá, prefiero hablar mal un rato más.
- Ya va a cambiar de opinión.

Los dos personajes se concentraron en el té que el joven preparó. Malísimo parecía adicto al té por las cantidades que tomaban. El acto de sumergirse en la taza salvaba los momentos incómodos que el viejo producía con su poco delicado sentido de la cordialidad. Además del té, multitud de bebidas alcohólicas de marcas extranjeras descansaban sobre el brazo de cada sillón y la cornisa de cada estante.

- Hace un rato fui a una entrevista para un trabajo, hace mucho tiempo ya que quiero conseguir un trabajo para poder irme de casa y tener un poco de independencia. A mis veintiún años sigo dependiendo de la misma manera de cuando tenía doce, pero parece que no puedo conseguir un trabajo. No soy muy atractivo para los empleadores.
- ¿Entrevistas de trabajo? Eso es para los sumisos, los idiotas. Aquellos que tienen decisión y temple se construyen su propio camino sin depender de nadie, y menos aún de empleadores que lo toman a uno de estúpido.
- Mirá, no sé si darte la razón del todo, pero... –Matías tomó unos segundos para pensar- puede que sea así. Tengo apenas veintiún años y no puedo conseguir trabajo. Cada vez que voy a una entrevista me encuentro con esos ejecutivos de recursos humanos que me hacen preguntas extrañísimas, cosas sin sentido. Ya olvidé a cuantas entrevistas fui, pero fueron muchas. Y me preguntaron las cosas más raras: en una me pidieron que dijera mis propios defectos –Matías se ponía colorado, parecía soltar vapor como esas ollas de alta presión-. ¿Cómo voy a hacer eso? En otra me pidieron que hablara durante diez minutos sobre mí mismo, esta última para el simple empleo de trabajar en una cabina de peaje. Esos ejecutivos de recursos humanos parecen ser los creadores de alguna especie de inflación del empleo. Son personas que no sirven para nada. Nunca me dieron la oportunidad de demostrar que tan bueno soy en cualquiera de esas tareas, nunca. Siempre hileras interminables de formularios para llenar y cuestionarios sin sentido.
- Nada puedo hacer por su problemas. Porque a pesar de haber leído las obras completas de Freud y Lacan, nunca me cayeron bien –sonrió-.

Por primera vez Matías vio una sonrisa y posiblemente un chiste en la cara de Malísimo. Una buena señal en una relación que parecía no avanzar.
Terminado el efímero encanto del chiste el anciano se levantó y enfilando para el baño se mandó a mudar. Era la oportunidad de Matías. Era el momento para conseguir la información. Agarró el saco y buscó la billetera. No había billetera. Salían de los bolsillos billetes completamente arrugados, pero ninguna noticia de billeteras.
Un cartapacio asomaba desde la cima de una pila de libros, una pila demasiado alta...

6.12.04

Una entrevista de trabajo.

Caminando por la calle Matías se preguntaba que pasaba con la vida de Malísimo. ¿Por qué un poeta y escritor tan prestigioso siempre mantuvo un perfil tan bajo? Él lo había investigado y era casi imposible encontrar una biografía de un escritor de su época que no lo nombre. Siempre fue muy reservado porque aún cuando Matías sabía algunos mínimos detalles de su vida privada, nunca pudo comprobar nada de su propia boca. No importa cuanto insistiera, jamás dejaría ver nada de una vida llena de aventuras, de las que incluían a mujeres en primer lugar, de las que incluían a muchas mujeres, en segundo lugar y de las que no incluían a ninguna, por último.
¿De qué vivía Malísimo? Porque es muy raro que un escritor cualquiera sea su calidad pueda vivir solo de su pluma y mucho menos con el nivel de vida que llevaba Malísimo.
Y lo más intrigante. ¿Cómo mantuvo su nombre en secreto durante casi toda su vida? Casi no era posible encontrar ninguna pista acerca de su nombre. En algunos escritos alguna tímida W o una V, pero solo abreviada con un escueto punto.
Decidió Matías sacarse de encima estas preguntas. Unas pocas de todas ellas eran muy simples de responder. En alguna documentación debería figurar su nombre, o en algún servicio que llegue a la casa. Eso podría hacerse con un poco de suerte.
Pero para ese momento ya había llegado al lugar de la entrevista. Un lugar muy lejos de su casa. Y como acostumbraba, llegó demasiado temprano. Afortunadamente enfrente del edificio había una plaza con pasto abundante en la que pudo acostarse a mirar las nubes pasar hasta la hora indicada.
Bruma, por todos lados bruma, o neblina quizás.
- Ustedes saben, chicos, que Free Market es una empresa de punta, ellos no quieren explotarlos a ustedes y de esa manera enriquecerse exportando regalías al exterior para perpetuar un sistema que se propone que ustedes, tarde o temprano, sean pobres. Lo que Free Market quiere es que ustedes tenga un nivel adquisitivo acorde con su empleo. Ellos propiciarán su desarrollo tanto laboral como intelectual.
- Está bien, no sé. Bueno...
- A ver... vos. ¿Cómo te llamas? Lindo nombre. Decíme por qué te presentaste a la entrevista, decíme que te sedujo de la propuesta, dale, es tu momento. ¿Qué me sedujo? Nada, no me sedujo nada. Me parece que sirvo para el trabajo, soy bueno escribiendo, muy bueno. ¿A si? ¿Y que escribirías ahora si tuvieras que escribir algo? Escribiría un cuento que relatara la experiencia que tiene que pasar una persona para conseguir un empleo. Intentaría reflejar de alguna manera, quizas alguna metáfora formal, el tipo de situación dialógica que se da en las entrevistas. Intentaría dar cuenta de cada uno de los detalles del mismo modo que lo haría un científico: enumeraría y catalogaría. El relato debería ser breve. Nadie quiere que una entrevista de trabajo dure demasiado tiempo.

-Hey, hey.
-¿Qué, que pasa?
-Mirá flaco –sintetizó el policía- este no es lugar para apolillar. Tomatelas.
-Mmm, disculpe agente, me quedé dormido...
-¡Agente tres carajos!, oficial para vos.
-Bueno, está bien –a nadie le gusta que lo despierten así- ya me voy.

4.12.04

Esa hoja salida.

Llegó a su casa. Una casa de conurbano, con reja y todo, como para no desentonar. Hola, como están todos, que haces hermanito, bla, bla, bla. A la pieza.
Se sentó en su cama porque no había otro lugar donde hacerlo en una pieza de dos por tres, era la cama o el piso. Puso música. El CD no agarra. Prendió la computadora, puso un CD. La lectora no andaba. Prendió la radio; abundancia de interferencia.
-Pensándolo bien, mejor el silencio.
El libro era muy viejo, las hojas se desencuadernaban solas. Tenía muchos poemas y esa foto. Muchas escrituras, anotaciones, y esa foto.
Lo recorrió de punta a punta.
-¡Tideo, Teléfono!
-Ya te dije que no me llames así.
-Bueno, como quieras, teléfono.
-¿Hablo con Tideo M? –preguntó la voz, del otro lado-
-Si, soy yo.
-Ah. Mirá –avanzó con confianza la interlocutora- mi nombre es Melina y te llamo de Piripipi SA. Recibimos tu mail con tu curriculum y queríamos tomarte una entrevista el día de la semana que viene. ¿Podés?
-Si, dejáme pensar... Si, no hay problema.
-Te digo la dirección...
Cortó el teléfono pero ya con dos cosas en la cabeza, una entrevista de empleo y un libro misterioso todavía para revisar, el libro de Malísimo.
Había una hoja que se destacaba del resto.
-¡Tideo, teléfono, el pesado de Greco!
-Ya te dije que no me llames así, decíle que ahora no puedo, que después lo llamo.
La hoja destacada decía:

Voy con tu nombre
Es como si llevara todas las llaves
del mundo, inclusive
la de los sueños y
la de los jardines de los niños.

El poema estaba dedicado a una tal Isabel. ¿Quien era Isabel?
-Boom en la puerta- ¿Tideo, donde estuviste? ¿Otra vez en la casa del viejo loco ese?
-Ya te dije que no es un viejo loco –dudó- bueno, puede ser. Pero sea lo que sea, es un poeta, necesito algunas cosas de él y es un tipo muy difícil. No me molestes mas. Me salió una entrevista de trabajo, en cuanto pueda me voy. ¿Ok?
-Hacé lo que quieras, a mi no me jode. Pero como tu padre es mi deber avisarte por lo menos una vez por mes que tu vida es un desastre y que no podés pasártela chupándole las medias a un tipo para que te cuente no sé que historia.
-Eso es asunto mío.

El libro y la foto.


Matías tomó un libro de la biblioteca. Le llamó la atención su aspecto de viejo, le gustan los libros viejos pero transitados, leídos, consumidos. Este esperaba en una esquina, hundido entre dos inmensos volúmenes que bien podrían ser tomos de la enciclopedia británica.
Era un libro de poesía escrito y firmado con el seudónimo de Malísimo pero con muchas anotaciones, marcas y ralladuras. Serían unas cincuenta páginas, un libro estrecho, pero solo en apariencia. De entre las hojas se cayó esta foto que mostraba un Malísimo mucho más joven. Metió el libro dentro de la mochila para revisarlo con un poco mas de cuidado a resguardo del autor. Seguramente, este, habría olvidado que estaba allí.
-Malísimo, ¿no me vas a decir nunca tu nombre?
- A usted no le importa mi nombre, la gente nunca lo supo y no tiene porque saberlo ahora, por que a usted se le ocurre.
Matías intentaba operar como un cirujano, pero era un cirujano torpe, alguien que no tenía ningún tipo de experiencia en la vida, una mezcla entre soñador e ignorante. Pero quizás por eso malísimo lo dejó entrar a su hábitat, lo dejó entrar a su manera, que era maltratándolo, pero eso era mucho mas de lo que el resto de las personas habían logrado.
-En lugar de hacer preguntas inútiles acompáñeme que tengo que hacer algunas diligencias. Por lo menos me puede servir de burro de carga, quizás eso pueda hacerlo bien.
-Está bien -aceptó Matiastideida- pero mientras tanto podemos ir charlando, ¿no?
El viejo hizo una mueca que intentó ser cínica pero en su pellejo arrugado no llegó a formarse la expresión. A cierta edad ya no se puede ser irónico porque la flaccidez de la piel no lo permite. Y aunque no logró el gesto si logró el sonido que parecía decir “ni muerto”. Y aunque no lo dijera, no le faltaba mucho para morir, quizás algunos años.
-Malísimo, quería preguntarte por tus libros, por tus poemas. Vos sabés, bueno, si no lo sabés te lo digo: yo escribo poesía. Y quiero que me enseñes porque tu poesía es para mí..
-Grmmm -gruñó malísimo.
-Es que quiero saber algunas cosas, necesito saberlas. Quiero saber de aquella gira en México y la de NY. Quiero saber porqué nunca fuiste a Moscú. Quiero saber porque vivís así desde hace tantos años.
-Ya le dije que no va a sacar nada de mí. Dese cuenta, a mi no me interesa discutir mi vida con un joven que viene a molestarme todos los días desde hace ya demasiado tiempo. Yo tengo mis cosas y mi vida. Una vida que a usted no le importa. Es mas -resumió- deme esa bolsa y váyase, no quiero verlo mas por el resto del día.
Matías lo entendió y se puso contento por el resultado de sus investigaciones. Tenía el libro y la foto y además tenía una invitación para el día siguiente. Porque malísimo dijo “no quiero verlo mas por el resto del día” y un poeta conoce bien el significado de las palabras. Si no quisiera que vuelva le hubiera dicho que no vuelva nunca mas o acaso que se muera, antes le decía eso. Pero ahora...
No podía aguantar, el libro dentro de la mochila se clavaba en su espalda como si lo estuviera llamando. Después de leerlo podría saber algo más.

2.12.04

Como si fuera "Manual de perdedores".

-Malísimo –dijo Matiastideida, hablándole al viejo por la espalda, casi detrás del cuello, mientras no acababa de llegar -hoy estuve estudiando mucho. Es todo un esfuerzo, porque con este calor...
-Seguramente el mundo, tanto como yo, no podría seguir adelante sin esa información. ¡Atención, universo! El señor Tideida estuvo estudiando. ¡Que maravilla!
Malísimo se levantó con esfuerzo pero sin perder la elegancia de un hombre mayor que peina canas, pero que aún las peina, no como otros, que ni eso.
-Hágame un favor, deje de ser un estorbo para la sociedad y alcánceme ese saco que tengo que salir.
Tideida tomó el saco y se lo dio a Malísimo. Se lo dio como quien entrega un sobre en mano. Despertó así la ira de Malísimo, que vociferó:
-¡Cómo se nota que usted es un mal-educado, un ignorante! ¿No fue a la escuela acaso? ¿No le enseñaron como se ofrece un saco?
-Bueenooo, es que yo... -temblaba Matiastideida, pero para salir del paso intentó la vía amistosa- Dale, no me gastes. ¿Cómo querés que te lo dé?
-Inútil, es un completo inútil: cuando se alcanza un saco se ayuda a la persona que lo recibe a colocárselo: Viene por mi costado y me ofrece la manga para que yo, de esa manera, pueda colocármelo. ¿Tanto le cuesta utilizar esas dos neuronas que le consumieron la televisión y esos juegos “de aparatito” –como llamaba Malísimo a los juegos de video-.
Matiastideida estaba desconcertado porque a pesar de los intentos de ablandar al viejo, nada daba resultado. ¿Por qué sería tan hostil a él? ¿Y por qué lo recibía? Porque si bien lo maltrataba terriblemente, nunca le había negado la entrada a la casa.
-Che, malísimo, quería pedirte unos libros que tenés ahí.
-Otra vez, vuelto a enojar, Malísimo contestó- ¡¿No puede conservar la forma?! ¿Cómo me llama así?
Intentó con una nueva formula un poco más distante y el viejo, bufando, le dedicó un “agarre lo que quiera, no me moleste”. Resopló que se conocía todos esos libros de memoria y que, de alguna manera, que el joven los leyera, lo haría menos estúpido.
¿Por qué Matías se sometía a la humillación de ser insultado permanentemente por Malísimo? ¿Que había en el anciano que pretendía descubrir? ¿Por qué, la insistencia infructuosa, una y otra vez?...

¿Qué hay detras del viejo?

-Hola... ¿Buenas noches? Cuanto me alegro que el día de hoy no haya venido ese joven tan molesto, tan molesto y optimista.
Terminé de ver un film que proyectaron hoy por la noche en la señal de canal once. El protagonista se llamaba Keanu Reeves y la protagonista, no llegué a leer el nombre, pasan demasiado rápido esos carteles. Son dos actores jóvenes que no conozco porque, sinceramente, no veo mucho cine desde hace años.
Lamento confesarlo de esta manera pero ahora, que estoy solo, puedo hacerlo con tranquilidad, nadie podrá jamás conocer esto que pienso ahora.
El film consiste, por lo que pude ver, en una historia romántica entre los dos protagonistas. La actriz conoce al muchacho, se enamoran, pero al tiempo él se entera de que ella tenía cáncer. Se llamaba... “Dulce noviembre”, esa proyección.
La historia de amor avanza, pero al final ella le suplica, aunque se amaban, que se separen para que él no tenga que atravesar el momento culminante, la destrucción del cáncer.
Y ese es el final, se separan.
Si ese impertinente joven estuviera aquí no reconocería que la historia logró conmoverme. Principalmente porque mi mujer, el amor de mi vida, Isabel, murió de esa triste enfermedad. Él cree que yo soy muy malo, me hace chistes con eso, pero yo no fui malo toda mi vida, aun ahora no soy malo sino que necesito estar solo, porque no estoy con ella.
Reconozco que despierta cierta simpatía en mi, el joven, pero yo debo estar solo. Para pensar. Por eso lo trato de esa manera que a veces podría parecer cruel.
No me gusta hablar de mi vida pero a veces, como ahora, no puedo evitarlo. No puedo evitar llorar cuando ella vuelve a mis pensamientos. Era actriz, nos conocimos en los cincuenta, en México. Estaba de gira con...

-¡Hola! Malísimo. ¿Cómo anda? Pensé que no llegaba a verte hoy, pero al final pude. Es que se me rompió la cadena de la bici.
-Ajá.
-Te traje unas facturas. Hoy a la tarde fui a una caminata que se hacía por el día internacional de la lucha contra el SIDA. ¿Vos que hiciste?
-¿Que le importa que es lo que hice?
-Dale, no te hagas el difícil.
-Yo no me hago nada, joven, no adopto posturas, eso es trabajo de los actores. Y ahora le suplico que se retire, no estoy de animo para soportar su parloteo. Retírese.
-Bueno, que duermas bien, hasta mañana.

1.12.04

La tristeza se contagia y espera por ahí.

-Como te había anticipado, hoy fui a hacerme el análisis pre-laboral del que te hablé. Me sorprendí por algunas cosas de las que me hicieron. Estaba por contártelas directamente cuando me pregunté cómo hacerlo. Me pregunté si detallarte todo o hacerte un resumen, mas que nada porque sé que alguna que otra persona podría llegar a leer esto, mas que nada por eso.
-¿Usted cree que a mí me interesan sus dudas metafísicas acerca de como escribir su diariecillo de informática? ¿No se da cuenta de que Ana Frank, mas de cincuenta años antes que usted escribía sus vivencias personales mejor que usted, tanto por la mayor agudeza como por la mejor gracia y arte? Esa jovencita mucho menos instruida que usted, sufriendo penurias que usted, escribió de manera tal que cada palabra de ella vale por mil de las de ustedes. ¿Se da cuenta? Tome en cuenta, además, que contrariamente a la opinión general, considero al diario de Ana Frank como una pieza muy menor de la producción literaria, pero leyendo en forma comparada, es infinitamente superior a usted.
En otras palabras: ¿No le da vergüenza escribir peor que una nena de catorce años, que encima, vivió hace mas de cincuenta?
-Mmm, mirá que sos malo eh. Lo que pasa es que vos leíste mucho Malísimo, el último libro que yo leí fue “El principito”, en sexto grado. Pero igual, cuando estoy aburrido leo el diccionario y juego al ahorcado con mi hermano. Así aprendo.
-Sus argumentos son tan malos como los productos del supermercado “Leader Price”, con ellos no se puede hacer otra cosa que tirarlos a la basura. Nada más.
-¿Eso quiere decir que te cuente, o no? Bueno, yo te cuento: Tenía el turno para mi análisis para las 8:50 de la mañana. Pero no era solo un análisis, era un conjunto de análisis.
Lo que más me llamó la atención es que estaba re-industrializado el proceso. Como una línea de montaje, esas donde hacen los autos. ¿Viste?
Primero me hicieron una audiometría, nunca me habían hecho una. Me metieron en un cubo en el que apenas entraba una silla y que estaba todo revestido con espuma que aislaba el sonido.
Cuando terminé con eso me hicieron pasar por un pasillito y una enfermera me dio una especie de chaquetilla azul. Me pidió que me saque toda la ropa y que me ponga eso encima. Después de eso pasé por varios análisis, los pongo uno detrás del otro, en el orden que pasaron. Lo primero fue hacer pis en un frasquito en el baño y dejarlo en un lugar donde ya había pis de otros tipos; en segundo lugar tuve el analisis clinico. El médico que me lo hizo ya no tenía ganas de vivir, pobre tipo, debía haber hecho tantas veces lo mismo y le quedaban muchas veces mas por delante en su día y en su vida. Siguieron las radiografías. (Los técnicos radiólogos y los camilleros siempre son tipos simpáticos, de barrio, esos que hacen chistes verdes todo el tiempo). Cuando terminé las radiografías siguieron la extracción de sangre y, por ultimo, el electrocardiograma.
Todas esas cosas fueron hechas sorprendentemente coordinadas. Las personas que lo hacían estaban tan desganadas que te lo transmitían, desganadas por la repetición del siempre lo mismo, no sé, me dio un poco de pena.
-Eso es lo que le espera a Ud. si sigue así, una vida gris, de camillero o de mediocre profesor. Cuando llegue el momento, perderá la sonrisa que persiste en su rostro, y talvez ocupe mi lugar, aquí, siendo como yo.